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El hombre pálido entró en mi compartimiento en la estación de Rugby; desde la ventanilla lo había visto avanzar lentamente, a pesar de la prisa del mozo de equipajes, y me llamó la atención su aire de enfermo. Cuando tomó sitio frente a mí, dejó escapar un suspiro e insinuó un ademán para arreglar sobre sus rodillas la manta de viaje; pero, como si el esfuerzo fuera excesivo, quedó inmóvil, con los ojos extáticos, y, acaso consciente de que lo observaba, tendió trabajosamente la mano hacía un periódico y me miró con disimulo. Algo avergonzado de mi indiscreción, fingí también enfrascarme en la lectura, de la cual, con gran sorpresa, me sacó su voz.

-¿Qué se le ofrece?

-¿Me permite ese libro un instante? -dijo, indicándome con su índice esquelético el volumen que yo leía-. Trata de los sueños, ¿no es verdad?

-Sí, señor -respondí mostrándole para que pudiera leer el nombre del autor-: Forthnum-Roscoe, y el título: "Los estados del sueño", inscritos en letras gruesas sobre la cubierta. El enfermo permaneció un segundo silencioso, como si le costara trabajo encontrar las palabras, y al fin dijo:

-Sí, sí; ya veo... Poca cosa va a aprender usted. De primera intención no comprendí lo que quería decirme. En el fondo, no saben nada -añadió.

Y mientras yo miraba atentamente su fisonomía, concretó su idea:

-Hay sueños de sueños... -como no acostumbro a fomentar tal género de insinuaciones, callé; pero él, casi enseguida, me preguntó: -¿No sueña usted alguna vez? Pero no sueños comunes de esos que se olvidan, sino sueños claros, persistentes.

-Sueño muy poco -le dije-; y no creo que más de tres o cuatro veces al año tenga uno de esos sueños que valen la pena.

-¡Ah! -suspiró; y de nuevo durante unos segundos permaneció en silencio, como si recogiera sus ideas dispersas; enseguida, volvió a interrogarme: -¿Y esos sueños no se mezclan a menudo al conjunto de sus recuerdos, como si fuesen hechos reales? ¿No le ha ocurrido nunca dudar ante uno de esos recuerdos, si era el de una realidad o el de una quimera?

-Casi nunca -repuse sonriendo-. Tal vez durante un segundo haya sufrido una confusión, una alucinación, pero la memoria no tarda en deslindar los campos, ayudada por la lucidez. Creo que a todo el mundo le pasará igual.

-¿No habla de eso el autor de este libro? -Dice que algunas veces sucede, y da de ello las explicaciones comunes: intensidad de impresión, etcétera, para deducir que no es frecuente tal fenómeno. ¿Conoce usted las diversas teorías acerca de los sueños?

-Casi ninguna, pero estoy seguro de que son falsas.

Su mano aguda jugueteó un instante con el cordón de la cortinilla, y cuando me disponía a reanudar la lectura, cosa que pareció precipitar sus palabras siguientes, se inclinó casi hasta tocarme y me dijo:

-¿Y no se refiere ese libro a sueños consecutivos, que se desarrollan durante varias noches, como una historia perfectamente lógica dividida en capítulos?

-Tal vez hable en las últimas páginas. Casi todos los autores de obras relativas a los trastornos cerebrales se ocupan de eso.

-¿Dice usted trastornos cerebrales? Sí, debe tratarse de un trastorno; no se me había ocurrido clasificarlo así. Pero lo que quiero preguntarle -añadió, contemplando sus falanges descarnadas- es si en realidad esa hilación de episodios de una misma historia puede considerarse como un sueño. ¿No pudiera ser que no lo fuese?

Yo habría opuesto un silencio cortés a su manifiesto deseo de confidencias, si tal ansiedad latente en todo su ser no me hubiera causado un interés mezclado con piedad. Todavía ahora recuerdo sus pupilas casi apagadas entre los párpados muy pálidos... ¿Cómo resistir a una de esas elocuentes miradas de súplica?

-No es que yo trate de discutir por mero capricho -dijo-. Es que a mí me ha sucedido eso y sufro aún.

-¿Sueña usted?

-Si a eso se llama soñar, si... Noche tras noche, con precisión tan terrible de contornos, que a su lado esto -y señaló con su índice agudo el paisaje que desfilaba por la ventanilla- me parece irreal. A veces, en los primeros momentos del despertar, me cuesta trabajo acordarme de quién soy y de mi profesión; ya ve usted si ese sueño acaparará todo mi ser.

Y, después de un silencio, susurró:

-En este mismo momento...

Mi pregunta surgió antes de que completara la frase:

-¿Y su sueño es siempre el mismo?

-Sí, pero ha acabado ya.

-¿Cómo es eso?

-Porque estoy muerto.

-¿Muerto?

-Deshecho, sí; muerto, y muerto también cuanto de mi ser tomó la obstinada pesadilla. ¡Muerto para siempre! Suponga usted que he soñado que era otro hombre y que vivía en otra comarca y en otra época... Durante muchas noches, apenas me dormía, despertaba en esa época y en esa comarca, para vivir nuevos episodios de mi nueva existencia... Hasta que llegó el episodio final.

-En el que, según usted, murió.

-Sí

-¿Y después?

-Después nada. Gracias a Dios, ha sido el fin del sueño.

Me era forzoso escuchar el relato de su alucinación y me resigné. Después de todo, ¿en qué mejor iba a entretener la hora que me quedaba de viaje? La noche cala rápidamente, y oír al viajero era en suma algo muy semejante a leer el no muy divertido libro de Forthnum-Roscoe. Para estimularle, le pregunté:

-¿De modo que vivía usted en una época diferente a la nuestra?

-Sí, señor.

-En una época pasada, claro.

-No, venidera... Futura, si.

-En el año tres mil por ejemplo -dije, esforzándome para no sonreír.

Y él, sin inmutarse, continuó:

-No sé en qué año; lo sabía durante el sueño; pero, despierto, no lo pude jamás recordar. Hay en mi sueño una multitud de cosas que he olvidado, aún cuando las sabía al detalle en la otra vida, es decir, cuando estaba dormido. Recuerdo, sin embargo, que los años tenían un nombre distinto del que tienen hoy... ¿Cómo se llamaban? -gimió, poniéndose la mano en la frente para retener un recuerdo fugitivo-. ¡Ya no lo sé... ya no lo sé! ...

Me miró sonriendo tristemente y su silencio duró más que las otras veces, haciéndome temer un cambio en su propósito confidencial. Aun cuando por lo común me fastidian quienes gustan de contar sus sueños, en esta ocasión me animaba un sentimiento diferente, y yo mismo volví a estimularle:

-¿Cómo comenzó?

-Fue muy claro desde el principio... Como si me hubiera despertado de pronto en medio de la nueva vida; y una de las cosas más extrañas es que durante toda la duración del sueño ni una sola vez me acordé de mi existencia real, de la que vivo en este mundo y en esta época, como si la vida soñada se hubiera bastado a si misma por completo. Es posible que... Pero voy a decirle cómo tomé posesión de mi falso ser -si es que era falso-, según he podido recordar tras largos esfuerzos de memoria. El recuerdo está totalmente en sombra hasta el instante en que me veo de súbito sentado en una especie de gruta, frente al mar. Dijérase que hubiera estado dormido hasta ese momento; y al despertar en, plena lucidez, es decir, al soñar, mi primer hecho fue volver la cabeza, sorprendido de que mi compañera hubiese dejado de abanicarme.

-¿Estaba usted con una mujer?

-Joven y hermosa, si... No me interrumpa, para que no pierda el hilo de la narración.

Y deteniéndose bruscamente, con viva inquietud en la voz, dijo:

-Usted no creerá que estoy loco, ¿verdad?

-No, señor; ¿por qué? Cuénteme el sueño sin ninguna preocupación.

-Le decía que me desperté porque la joven había dejado de abanicarme, y que al despertar no tuve esa sorpresa que conturba cuando uno se despierta en un lugar extraño. Sin duda yo conocía ya aquello, aunque nada recuerde de cuanto precedió a ese instante. Todas mis nociones, todos mis recuerdos de esta vida del siglo XX se desvanecieron por completo al verme en la gruta, cerca de la deliciosa mujer... ; sí, sin duda yo conocía perfectamente el pasado y desconocía en absoluto mi actual nombre de Cooper, pues inmediatamente recordé que me llamaba Hedon... Y le aseguro que, aunque ahora olvido muchas cosas, entonces las sabia como puede usted saber los detalles más fútiles de su existencia. Era, en suma, una vida absolutamente real, normal... ¿Me entiende?

De nuevo pareció titubear, y mirándome con gesto suplicante, susurró:

-¿No le parecerá todo esto un cúmulo de tonterías?

-De ningún modo; dígame cómo era la gruta.

-Es que no era propiamente una gruta, aunque no encuentro otra palabra para designarla. Recuerdo que estaba junto a unos árboles frondosos, orientada al mediodía y abierta al mar. Como ya le he dicho, desperté tendido sobre un lecho de metal cubierto de rayados y leves cojines: ella, acodada sobre el barandal miraba al mar; enseguida percibí su cuello lechoso, el vello ligero de la nuca donde nacen los escalofríos, sus hombros dorados por el sol, y el resto del armonioso cuerpo bañado en fresca penumbra. Su vestido... -¿cómo podré describírselo?- era amplio y flotante, pero indicando las curvas perfectas del cuerpo... Y al abrir los ojos y verla, mi primer pensamiento fue el de comprender su belleza y desearla como si no la hubiera visto nunca. Entonces suspiro abrió mis labios y ella dirigió hacia mí su mirada.

Tornó a interrumpirse para avivar la evocación, y continuó:

-He vívido cincuenta años en este mundo y he tenido madre, hermanas, amigas, mujer, hijas... Pues bien: le aseguro que el rostro de la mujer de mi sueño se me aparece aún mucho más real y hermoso que cuantos he visto. Me basta el más leve esfuerzo de memoria para en todos sus detalles; podría dibujarla o pintarla. después de todo...

Otra vez se detuvo, sin que yo me atreviese a turbar silencio. Su voz era tristísimo cuando prosiguió:

-Una cara de ensueño, de ensueño, sí... ¡Qué hermosa era! Y no crea usted que tenía nada de esa belleza inmóvil de las santas, ni de la provocativa de las pasiones, no; irradiábase de su cara una claridad serenamente placentera; sus labios suavísimos parecían hechos para sonrisa y sus ojos eran hondos, serios y grises. Cada una de sus actitudes tenia la perfección total de la gracia, junto a ella, como ante un espejo prodigioso, las cosas parecían mas gratas y atractivas.

Todavía se detuvo una tercera vez y bajó la frente, permaneciendo algunos instantes así dejándome ver sólo su cabeza torturada; pero de pronto la alzó y, convencido de mi interés, continuó, sin esforzarse ya en disimular su fe absoluta en la realidad espiritual y tangible cuanto me contaba.

-Usted comprenderá -dijo- que renunciase por una mujer así a todas mis ambiciones y designios. Junto a aquella sonrisa, junto a aquellos ojos, el trabajo de tanto tiempo y la victoria lograda me parecían cosas desdeñables. En la capital de los pueblos del Norte había sido yo un hombre poderoso, rico en toda clase de dones: reputación, dominio, tesoros... Y, sin embargo, ni siquiera por la virtud embellecedora del recuerdo, nada de cuanto acababa de renunciar me parecía comparable a una sola de sus miradas... Había venido a aquel paraje con ella, dejando todos mis bienes a merced de la ambición y expuestos a la ruina, atento sólo a emplear el tiempo que me quedaba por vivir en adorarla. Desde que su amor prendió en mí, sin saber siquiera si ella podría corresponderlo, toda mi vida anterior me pareció vacía y estéril ¡polvo, ceniza!... Y pasé días terribles, noches de insomnio, saturado de un deseo imperativo y cobarde que se estrellaba contra el pudor y el temor de anhelar una fruta prohibida e imposible. No, no puedo describirle el efecto de aquel incendio moral, que tan pronto era alta llama como mortecino fulgor, ni las etapas de mi pasión antes de lograr su primera victoria. Sólo puedo decir que una sonrisa y unos ojos habían transformado mi vida y que para seguirla me encogí de hombros ante los gritos de millones y millones de hombres que sólo confiaban en mí para conjurar la crisis terrible que se avecinaba.

-Pero, ¿a quiénes abandonó? ¿A quiénes desoyó?

-A los pueblos del Norte... En el sueño, si es que se trata de un sueño, yo era uno de esos seres casi divinos en torno a los cuales, según se ha visto en otras épocas de la Historia, aun cuando con mucha menos intensidad, los hombres se agrupan llenos de confianza y de obediencia. Millones de hombres que ni siquiera me habían visto estaban dispuestos a realizar al menor gesto mío proezas y abnegaciones. Desde hacia años ocupaba ese puesto magnífico y tremendo, y jugaba al juego monstruoso de la política, triunfante de intrigas, de traiciones con la mente siempre hervorosa, el brazo presto y la boca trémula de elocuencia... Era un vasto mundo sobre cuyas marejadas dominaba mi dictadura por el justo temor de todos a esa amalgama de bastardas ambiciones, malvadas hipocresías y estúpido sentimentalismo, que durante años y años había mantenido bajo la aparente tranquilidad del mundo, las pasiones engendradoras de medios de destrucción que al fin y al cabo habían de conducir a un cíclico desastre... Pero, claro está, no puedo pretender que usted comprenda por tan someras palabras la complejidad de las dificultades políticas del año... no se cuantos: uno de los últimos, sin duda, del siglo cuarenta o cincuenta... Lo que sí le afirmo es que ni un solo detalle de esa complejidad permanecía para mí obscuro, y que al despertar en la nueva vida, junto a la mujer maravillosa reina de mi destino, como si acabara de soñar con las circunstancias terribles de las cuales tenía la clave, vestigios del sueño persistieron aún en mi espíritu, y me froté los ojos y agradecí una vez más al cielo el haberme inspirado la decisión de abandonar las realidades sórdidas y tremendas para refugiarme en aquel paisaje de sosiego, donde el sol y la amada sonrisa acariciábanme igualmente... Me incorporé para apoyarme sobre un brazo y permanecí varios instantes contemplando la inmensidad del mar, ante la cual no se empequeñecía la inmensidad de los ojos grises queridos; y otra vez el júbilo de haberme librado de las locuras, tumultos y violencias antes de que fuera demasiado tarde, me poseyó. ¡Esto si que es vivir! -me decía a mí mismo-. Vivir es gozar del amor y de la belleza; y el deseo y la alegría valen más que toda siniestra lucha, aun cuando sea entablada por fines gigantescos... En el fondo de mi ser me reprochaba el haber malgastado la vida en ejercer la dictadura, en vez de consagrarla al amor... El haber vivido hasta entonces una existencia dura y austera me impidió dilapidar mi energía vital con mujeres vanas e indignas, y por eso toda la ternura, toda la energía acumulada, brotaron en floración pujante y, con sólo un gesto, aquella mujer pudo hacerme romper las cadenas del deber y de la vanidad para marcharme lejos, a vivir sólo para su amor. Como si no pudiera oírme, musité, mirándola, estas frases salidas férvidamente de mi alma: "Tú vales más que cuanto dejo, más que todo el mundo, amor mío; eres para mi más preciosa que el orgullo y las lisonjas del universo entero; tu amor es el supremo don que puede ofrecerme la vida".

-Ven a ver -murmuró entonces ella... Y aun ahora vibra en mis oídos la música aquietadora de su voz.

-Ven a ver cómo enciende el sol las nubes al salir tras el monte Solaro.

Recuerdo que de un salto ágil dejé el lecho y me acerqué a la balconada. Ella pasó uno de sus brazos sobre mis hombros, y con el otro me indicó el roquedal, que poco a poco iba dejando de ser sombrío para tornarse malva y rosado; pero antes vi que los reflejos de la aurora acariciaban sus mejillas y su cuello, como si alumbrarlo fuera su primordial misión... ¡Fue un espectáculo inolvidable, imposible de describir! ... La balconada se abría frente a Capri...

-He estado en Capri -le dije-. Y he subido al monte Solaro y bebido el vero Capri en su cima.

-¡Ah!-exclamó; él-. Entonces podrá usted aclararme algunas cosas, y decirme si era verdaderamente en Capri donde se desarrollaba la escena, pues en esta "existencia” yo no he ido a Capri nunca... Voy a tratar de completar la descripción, verá. estábamos en una salita situada junto a una porción de otras iguales, todas soleadas y frescas, edificadas sobre un promontorio que dominaba el mar. La isla entera formaba un enorme hotel de complejidad insuperable, y en torno de la orilla percibíamos kilómetros y kilómetros de "chalets", con sus plataformas flotantes para el servicio aéreo. Era lo que se llamaba una ciudad de placer, no comparable a ningún otro lugar de cuantos se dedican hoy al recreo. Nuestro departamento se hallaba casi a la extremidad del cabo, de modo que la vista dilatábase al Este y al Oeste. A la derecha erguía un murallón de mil pies de altura su fría masa gris que el sol orlaba a veces de oro, y más allá la isla de las Sirenas y la costa del continente iban a perderse en la bruma. A la izquierda, divisábamos muy cercana una playa minúscula, obscura por las sombras del inmenso acantilado tras el cual el Monte Solaro se alzaba como un monarca coronado de lumbre; y sobre él, la luna, casi borrada, parecía el postrer ornamento del cielo occidental. Ante nosotros, en lontananza, los celajes tomaban tonos nacarados, recorriendo una gama infinita y maravillosa. Al Este, los perfiles claros de las barcas parecían querer confundirse con el gris del mar, mientras al otro lado las barcas semejaban oro vibrante y las velas llamas. Una roca enorme, como rota en su esfuerzo de penetrar en el mar, mostraba una grieta formidable que dejaba paso a las aguas y a la luz; y bajo esa arquería, donde las olas remansábanse en leves espumas, apareció de pronto una barca movida por remeros fornidos.

-Conozco perfectamente la roca -le dije- y hasta he estado a punto de ahogarme bajo esa brecha. En realidad, no es una sola roca, sino dos, y las llaman I Faragioni.

-¿I Faraglioni? Si, ése era el nombre que tenía. Hasta me parece recordar una historia que... Pero, no, no -dijo, después de comprimirse la frente con la mano-, la he olvidado. Aquí tiene usted todo cuanto recuerdo -continuó- de mi primer sueño: la gruta fresca y umbrosa con su balconada sobre el mar, la atmósfera límpida, el cielo claro y hondo, y mi compañera con sus brazos de nieve y su túnica amplia bajo la cual la gracia de ningún movimiento se perdía... Recuerdo que nos sentamos juntos y empezamos a hablar en voz muy queda, no por temor, sino porque el amor era en nosotros un sentimiento tan nuevo que no nos atrevíamos casi a expresarlo... Cuando nos sentimos desfallecidos por la necesidad de alimento, salimos de la gruta, y por un extraño camino de pavimento móvil, llegamos a un comedor vastísimo, en cuyo centro mezclaba una fuente su canto con los de una orquesta invisible. Era una estancia luminosa, alegre, incomparable, con su vena desgajada de agua entre el acariciador murmullo de los violoncelos y violines. Nos sentamos, y sin dejar de sonreírnos reparamos las fuerzas, mientras yo trataba de evitar la mirada de un hombre que desde una mesa próxima me observaba insistentemente.

...Al terminar nos dirigimos a la sala de baile, de la cual sólo podré decirle que era más grande que ninguno de los edificios de hoy, y que en una de sus paredes se veía la antigua puerta de Capri, engastada corno una joya. De las columnas escapábanse de tiempo en tiempo en rítmico tropel, cuadrillas de danzarines casi ingrávidos y en torno del inmenso circulo reservado al baile, erguíanse maravillosas estatuas, dragones de quimera, altas y complicadas figuras sosteniendo maravillosas lámparas que inundaban el recinto de luz artificial superior en pureza a la del sol... A nuestro paso, la multitud se iba abriendo: de un polo al otro del mundo conociese mi fisonomía, y el hecho de haber renunciado a todos los poderes, a todos los orgullos y triunfos posibles para venir a aquel edén de reposo junto a la mujer elegida, acrecentaba el interés. Ella, sobre todo, atraía las miradas, aun cuando la historia de nuestro amor y las condiciones que me había impuesto para otorgármelo eran desconocidas. Y ninguno dejaba de comprender que yo era feliz, a pesar del deshonor de tránsfuga que pesaba sobre mi nombre. El aire estaba saturado de música, de perfumes suaves, de melodiosos ritmos. Millares de vivas y perfectas estatuas bailaban en la sala o iban y venían por los corredores, tendiéndose a veces para reposar en los sofás que abrían sus brazos amicales en la penumbra; todos llevaban vestidos amplios, polícromos, e iban coronados de rosas. En el círculo central, bajo las blancas efigies de los dioses, parejas innumerables bailaban, y el cortejo de alegría y juventud formaba un río humano. Nosotros bailarnos también, pero no los vulgares y monótonos bailes de hoy, sino otras danzas a veces más ágiles, a veces más reposadas, exentas de todo bajo sensualismo. Todavía ahora veo a mi compañera bailando con gozo tranquilo; la veo mirándome con sus ojos serios, sin alterar durante el baile, ni siquiera con un gesto, la dignidad grave del rostro.

De tiempo en tiempo sus ojos y su boca me acariciaban con una sonrisa muelle, con una mirada profunda... La música, también muy distinta de la nuestra, era infinitamente más rica, más variada... No encuentro palabras para expresar su penetrante hechizo. "Cuando concluimos de bailar, un hombre avanzó hacia mi y me dijo que tenía que hablarme. Era alto, enjuto, de aire resuelto, sobriamente vestido en comparación a los demás, y su cara me recordó al punto que más de una vez, mientras comíamos, lo había sorprendido mirándome con insistencia, y también en el baile, hasta hacerme necesarios dos o tres gestos bruscos para esquivar sus ojos. Cuando nos sentamos a reposar mientras los demás danzarines tejían aún sus vaivenes felices, el hombre vino directamente hacia mí, me puso la diestra en el hombro, y me pidió que me apartara dos minutos para oírle; yo le respondí:

-Puede decirme lo que guste aquí mismo; no tengo secretos para mi compañera.

Y como arguyese que lo que había de hablarme carecía de todo interés para una mujer, repuse:

-¿Y está seguro de que lo tiene para mí?

Le dirigió una mirada a mi elegida, como si quisiera buscar en ella apoyo, y luego, bruscamente, me preguntó si conocía ya la belicosa declaración hecha por Evesham, mi segundo sucesor en la dictadura de la gran confederación de pueblos del Norte: hombre impetuoso, duro, imprudente, a quien sólo yo habla podido dominar. Según el emisario,,al abandonar a mis súbditos, éstos se habían mostrado más doloridos y temerosos de que Evesham quedase a la cabeza del gobierno que de mi abandono mismo. Así que, a pesar de mi negativa, las palabras de aquel hombre despertaron un instante mi interés hacia aquella vida renunciada en aras del amor, y le dije:

-Nada sé, ni nada me importa saber... ¿Qué es lo que Evesham ha declarado?

El emisario habló entonces, y confieso que quedé aterrado ante la temeraria locura de Evesham, que tan irreflexivamente lanzaba palabras amenazadoras capaces de desencadenar el monstruo terrible de la guerra. Aprovechándose de mi estupor, no sólo me resumió el imprudente discurso, sino que pidió consejo y hasta dijo que mi presencia en la asamblea de los pueblos del Norte era precisa y sería acogida como la de un dios. Mientras hablaba, los ojos de mi compañera iban escrutadores tan pronto al rostro enjuto del mensajero como al mío. Por un momento las dotes de táctico y organizador ocuparon el primer plano de mi ser; me veía de regreso y medía el dramático efecto producido por mi retorno... Todas las frases de aquel hombre patentizaban el desorden de mi partido, pero no su desintegración ni su debilidad. Mi ausencia temporal no habría hecho otra cosa que robustecer mi prestigio, y una palabra mía sería orden obedecida con toda el alma. Durante varios minutos, usted lo comprenderá, esta oleada de orgullo y esos gérmenes de proyectos ocuparon del todo mi ser; pero en cuanto me acordé de mi hermosa y sumisa elegida, la serenidad y el renunciamiento volvieron a llenar mi ser. Nuestras relaciones, por imperativas particularidades, la imposibilitaban de venir conmigo al Norte; así que, para arrancar a Evesham las riendas demasiado tensas del poder, era imprescindible renunciar a ella, ya que dejarla allí y partir, equivalía a una ausencia indefinida. El hombre enjuto no ignoraba esto; sabia igual que ella y que yo que mis primeros pasos hacia el deber habían de cruzar la separación y el abandono. Al solo contacto de este pensamiento mi ensueño de regresar al Norte se derrumbó; y volviéndome hoscamente hacia el enviado, acaso en el mismo instante en que se, jactaba de haberme persuadido, le dije:

-¿Qué tengo que ver yo con todas esas historias? Nada de eso me importa ya; y no creerán que si huí fue para gustar el placer pueril de hacerme indispensable.

-No -respondió-, pero...

-¿Por qué no me dejan en paz? Mi vida pública acabó para siempre y solo soy un particular que cree tener derecho a ser libre.

-Sin duda -dijo-. Pero, ¿ha reflexionado en la trascendencia del discurso de Evesham, en los rumores crecientes de guerra y en la posibilidad de agresiones que la desencadenen?

-No -repuse, levantándome para dar por terminada la entrevista-. Nada he oído, ni nada quiero oír. Antes de decidirme pesé en mi balanza moral todas las posibilidades... ¡y aquí estoy!

Pareció titubear acerca de la eficacia de insistir, y elevando sus ojos en mi compañera, susurró, como si se hablara a si mismo:

-¡Su negativa es la guerra... la terrible guerra! ¡No hay remedio!...

Nos volvió la espalda y se alejó lentamente, con la cabeza hundida entre los hombros, dejándome envuelto en el torbellino de ideas que su presencia y sus palabras hablan suscitado. La voz dulce de mi compañera me sacó de mi ensimismamiento:

-Amor mío -murmuró-, ¿es cierto que tienen tanta necesidad de ti? ¡También yo la tengo!

Volví los ojos hacia ella y, al ver el dolor en su cara, todo el equilibrio de mi ser se derrumbó y le dije:

-¡Me necesitan para realizar lo que no se atreven a realizar por si mismos!... Si no tienen confianza en Evesham, que lo destituyan y nombren a otro; allá ellos. Me miró hondamente cual si luchara contra su propia indecisión, y dijo luego:

-Pero, ¿y la guerra? Al pronunciar estas palabras, manifestóse en el rostro querido una duda de ella misma y de mí, que había ido esbozándose como una sombra desde la primera palabra de la revelación que debía, según el hombre enjuto, separarnos para siempre. Y como mi alma, más fuerte y madura que la suya, podía inclinarla por la persuasión y por el amor hacia todas las convicciones, susurré a su oído:

-¡Amor mío, amor mío único, no te atormentes en vano: la guerra no estallará, te lo aseguro...

La edad de las guerras pasó... Fía en mí y no olvides que nadie tiene poder bastante para apartarme de tus brazos y traicionar la causa de nuestro cariño. Yo era libre de elegir y te elegí, y dejé todo el resto del mundo, bien lo sabes...

-Pero la guerra. -repitió.

Me senté junto a ella, le enlacé el talle y oprimí dulcemente su mano mientras me esforzaba en ahuyentar de su alma las dudas y en sustituirlas por imágenes y pensamientos risueños. Le mentí y concluí por engañarme yo mismo aprovechando que el anhelo supremo de nuestras almas era querernos y olvidar el temor. Poca después cayeron las sombras y emprendimos el camino hacia la playa del Lobo Marino donde acostumbrábamos a bañarnos todos los días. Nadábamos y jugábamos persiguiéndonos en el agua salitroso y vivificante donde me sentía más ágil y fuerte que ningún mortal. Al salir correteábamos mojados aún uno en pos del otro por la playa, y después, ya secos y vestidos, nos tendíamos al sol. Ella apoyó aquella tarde sobre sus rodillas mi cabeza, y bajo la dulzura acariciadora de sus manos mis pensamientos se calmaron y me adormecí... De pronto, con la brusquedad de una cuerda de violín que saltase, me desperté; pero no de mi adormecimiento delicioso, sino de mi sueño real... y me encontré sobre mi cama en Liverpool, en esta vida fea de hoy. Durante un instante me negué a creer que aquellos hechos tan vivos fuesen irrealidades soñadas; a pesar de todas las cosas tangibles, no podía admitir que las imágenes aun vivísimas en mi memoria fueran menos verdaderas. Me levanté, me bañé, me vestí automáticamente, y mientras me afeitaba no cesé de preguntarme por qué quería exigírseme que abandonase a la mujer querida para volver a ocuparme de apartar del precipicio a los hombres del Norte, dejando el sol y el sosiego por el clima áspero y la horrible vida turbulenta. ¿Que importaba que Evesham enyugase el mundo al carro de Marte? Si yo era un hombre con corazón humano saturado de Amor, ¿por qué había de aceptar aquel papel de deidad responsable que se obstinaba el mundo en repartirme?

...No es ése, se lo aseguro a usted, el modo con que yo considero los asuntos de esta vida, mis verdaderos asuntos, pues he de decirle que soy procurador... La visión había sido tan real, tan diferente a las visiones de los, sueños, que por mucho que viva no olvidaré siquiera un detalle: la ornamentación del forro de un libro colocado sobre la máquina de coser de mi esposa, me recordaban con exactitud perfecta la línea dorada que bordeaba el sofá donde me senté a hablar con el mensajero de los pueblos del Norte... ¿Ha oído usted alguna vez hablar de sueños semejantes?

-No -le dije, después de reflexionar que, en efecto, jamás había oído hablar de un ensueño parecido. Y añadí-: rara vez presentan los sueños tales caracteres.

-Pues cada una de las fases del mío -dijo- tiene detalles semejantes.

Como le he dicho, soy procurador en Liverpool y más de una vez se me ocurre suponer lo que pensarían mis clientes si les revelara de pronto que estoy enamorado de una mujer que nacerá dentro de doscientos o trescientos años, y preocupadísimo por la política de los tataranietos de mis bisnietos... El día siguiente al de mi primer sueño debía firmar un contrato de construcción valedero por noventa y nueve años, para obligar a un constructor presuroso y audaz con quien tuve una controversia borrascosa; me acosté de mal humor y no soñé, ni tampoco a la noche siguiente-al menos no recuerdo nada-. Y cuando mis impresiones de realidad intensa comenzaban a debilitarse Y las cotidianas realidades parecían decirme: "Ha sido una quimera, sólo una quimera", el sueño se volvió a repetir, a proseguir. "Fue la noche del cuarto día y estoy seguro de que esos cuatro días transcurrieron también en la sucesión de episodios del sueño... Los acontecimientos se hablan precipitado en el Norte, y la fatídica sombra nublaba nuestra dicha para no disiparse más. Como síntesis de mis reflexiones, esta pregunta me subía frecuentemente a los labios: ¿Por qué he de ir a pasar el resto de mis días en el tumulto, las dificultades, las inventivas y el perpetuo descontento, sólo por ahorrar a millones de gentes que no conozco, y a muchas de las cuales despreciaría si conociese, las angustias de la guerra y la tiranía? Además, podía fracasar en mi gestión, estrellarme contra las ambiciones bastardas y los egoísmos... ;Por qué no había de poder vivir como un hombre? De estas meditaciones me sacó el claro sonido de la voz de mi compañera y alcé los ojos... Habíamos escalado juntos el monte Solaro y mirábamos hacia el Golfo, anegado en la clara luz de la tarde. En la distancia, a la derecha, Ischia envolvíase en brumas doradas entre el ciclo y el mar, y la blancura deslumbrante de Nápoles, agazapado bajo el Vesubio empenachado de humo, resplandecía a los lejos. Las ruinas de la torre de la Annunziata y de Castellamare brillaban muy próximas.

-Claro que usted ha estado en Capri -le interrumpí.

-En esta vida, no; sólo en el sueño... Al través del Golfo, más allá de Sorrento, los palacios flotantes de la ciudad del placer mecíanse combando y estirando alternativamente las cadenas de sus anclas; y hacia el Norte venían a posarse sobre las grandes plataformas los aeroplanos que traían de todos los sitios a los buscadores de gozo... Nuestra vista, habituada ya al esplendor del panorama, no se habría de seguro, detenido tanto en los detalles a no ser por un accidente extraño que vino a turbar la belleza del espectáculo: cinco aeroplanos de guerra de los que durante mucho tiempo habían permanecido relegados en los arsenales de las bocas del Rhin, maniobraban a mucha altura. Evesham había, ante el estupor universal, movilizado imprudentemente y enviado los pájaros guerreros como agoreras aves de rapiña sobre todos los parajes de ventura. Era el eterno y necio juego diplomático de la bravata, y aun cuando yo conocía a mi sucesor, no pude menos de sorprenderme. Evesham era uno de esos hombres enérgicos y estúpidos hasta lo increíble, que parecen de tiempo en tiempo enviados por el cielo para precipitar los desastres. Su energía podía al pronto confundirse con el genio; mas puesta al servicio de un cerebro sin inventiva, dotado sólo de una voluntad contumaz, amplia e inepta, concluía por fiarlo todo a esa cosa idiota que se llama la suerte ... "Recuerdo que estábamos de pie, atentos a las espirales que describía la escuadrilla allá lejos y que, pensando en la significación del espectáculo, preví con clarividencia perfecta el triste desenvolvimiento de los sucesos. Y, sin embargo, todavía en aquella hora no era demasiado tarde; yo habría podido, con sólo retornar y quitarle las riendas del poder, salvar al mundo. Los pueblos del Norte me habrían seguido como tantas veces, exigiéndome sólo el respeto a sus convicciones morales, es decir, el abandono de la pobre mujer hermosa y débil para quien yo era todo en la vida; y los Estados del Sur y del Este habrían también confiado en mi arbitraje mejor que en el de ninguno de sus hombres.

Al pensar esto surgía en mí la convicción de que me bastaría exponerle la trascendencia de mi abandono para que ella me dejara partir, no por desamor sino por generosidad... Pero yo no quería partir: toda mi voluntad estaba en el opuesto designio; hacía muy poco que me veía libre del fardo de responsabilidades; era un renegado reciente del deber, y la conciencia de cuanto ese deber exigía no bastaba para vencer mis decisiones: quería vivir, gozar de los placeres, sentir junto a mi dicha la felicidad maravillosa de mi amada...

Pero aun cuando el concepto de esas obligaciones desoídas no pudiera arrancarme de sus brazos, conseguía entristecerme el ánimo, cerrarme la boca y poner un surco de preocupación en mi frente. Desde la llegada del mensajero, los días habían perdido para mi la mitad de su hechizo, y meditaciones sombrías, semejantes a una anticipación de las noches, entenebrecían mi júbilo. Mientras observaba el vuelo de los aeroplanos de Evesham, la elegida estaba junto a mí, espiándome, adivinando mis torturas: sus ojos interrogaban a los míos y buscaban en el menor rasgo de mi rostro un camino para entrar hasta el fondo del alma.