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La bandera se mecía a media asta, colgada de un oxidado poste en lo alto de un destruido edificio comido por las raíces y las enredaderas.

Cuando los invasores llegaron, nos dieron dos opciones: luchar o rendirnos. Sin dudar, elegimos luchar con todas nuestras fuerzas.

Primero vinieron los drones, una lluvia de muerte desde arriba. Incluso en los días más soleados, el cielo claro y azul impregnaba su miedo en los corazones de aquellos que se atrevían a abandonar sus refugios.

Después fueron los soldados. Sus gritos de guerra resonaban con eco en la distancia. Acercando cada día mas y mas la guerra a nuestras casas, hasta que se libraron batallas y asedios justo en nuestras puertas. Aun así, no nos rendimos.

Luego llegaron las armas biológicas. La bruma amarilla cegó a los valientes hombres y mujeres que luchaban por sus hogares. Nubes esmeraldas fundieron su piel e infectaron sus mentes.

Viviendo en continua agonía hasta la mañana de la niebla roja. Su sangre hirvió hasta evaporarse, cubriendo el paisaje de vapor carmesí.

Pero lo peor fue el sabotaje. Decidimos que si no podíamos defender nuestra tierra, nadie lo haría. Envenenamos nuestros cultivos, matamos a nuestros animales y contaminamos nuestras aguas, hasta que no quedo nada, ni si quiera, para nuestra supervivencia. Nuestros hijos fueron los primeros en caer.

Sin darse cuenta del peligro, algunos comieron alimentos contaminados o murieron de hambre, otros simplemente se fundieron en nuestros nuevos ríos de ácido. Los cuerpos encontrados fueron mal enterrados en fosas anónimas o amontonados a las zanjas de los caminos sin pavimentar.

Finalmente aparecieron las nubes en forma de hongo, el último clavo en nuestro ataúd. Dejaron un mundo inhóspito para los pocos que habían sobrevivido. En poco tiempo, lo único que quedaba era un páramo cubierto de huesos y las oscuras sombras quemadas aferradas a las paredes derruidas.

Ahora, descolorada hasta el blanco por la lluvia ácida, blanqueada por el sol y desgastada por el tiempo, la bandera se mecía suavemente por la brisa. Al final no fue una nación o sus ciudadanos los que se rindieron: fue la propia humanidad. Y así, la bandera blanca ondeo a media asta para una especie demasiado orgullosa para sobrevivir.