FANDOM


Juan, un joven universitario, toda su vida un buen hijo, buen hermano, buen sobrino... Él era todo esto y más, sin embargo su hermano Santiago era la oveja negra de la familia. Siempre estaba castigado por todas las cosas malas que hacía y las equivocadas decisiones que tomaba, y por uno pagaban los dos...

Aunque Juan no era un santo y él lo sabía, su familia era muy arcaica: Eran creyentes en la religión católica pero el chico no le iba a las religiones, no se consideraba ateo aún, pero dentro sabía que no creía en ningún dios o dioses del mundo; otro de sus defectos era la ira: era alguien muy irascible con casi cualquier cosa que no le agradara o le molestara (las cuales no eran pocas), y finalmente estaban sus gustos y hobbies, cosas que su familia no apoyaba, le gustaba pasar horas jugando o en un computador, también era un coleccionista de lo que le llamara la atención.

Su hermano le criticaba por todo: Como vestía, lo que veía y lo que le contaba Juan con sus profundos sentimientos de lo que pensaba sobre lo injustos que eran con él... oh pobre chico...

Un día como cualquier otro tras decirle a su familia que estaba en riesgo de perder la beca en la universidad, llegó su hermano y agarro un teléfono dirigiéndose a su habitación a hablar por teléfono con un compañero, su tía que estaba trabajando y no se dio cuenta de su llegada se dispuso a hacer una llamada y cuando pasó el auricular en su oreja para comprobar que estuviera disponible el teléfono (algo normal en la casa del joven) oyó a un chico decir —¿Entonces ahora le vas a la marihuana?— a lo que Santiago, el hermano de Juan, respondió —No, eso solo pasó dos veces.— y tras esto informó la tía de Juan a su hermana, la madre de los dos chicos, la cual le quitó como castigo la Play station 3 a santiago, aún sabiendo que perjudicaba muy poco al fiestero hermano ya que ni lo usaba, solo estaba en su pieza, y demasiado al otro chico que tras ver esto reaccionó de manera violenta, no soportaba que por un error de su hermano le quitaran lo que más le gustaba hacer para divertirse, a lo que le respondieron —También va ti por perder la beca— En ese momento Juan sintió que cayó en pedazos, se habían excedido de injustos esta vez. Recordó como una semana antes santiago llegó diciendo a todos que perdió más de la mitad de materias que cursaba en el momento... que perdería el año... y al otro día.... y al otro día le habían dejado realizar una maldita fiesta. Juan juró en ese momento que no lo perdonaría pero no podía hacer nada porque era su familia y no quería dejarse llevar por su ira.

Había pasado una semana desde aquel estresante día, ahora había recuperado la beca tras hacer corregir un error en sus notas; ya era una semana sin consolas pero lo había superado ya que era la octava vez que se lo quitaban en lo que iba del año y solo la segunda que en parte era culpa suya; por fin estaba en casa después de salir de la universidad, al fin eran vacaciones y sentía que todo sería felicidad a partir de ese momento, iba a pedir su consola, estaba haciendo ejercicio a escondidas para que dejaran de insultarlo porque estaba un poco gordo y de burlarse cuando intentaba hacer ejercicio en casa, —Para de hacer eso, me da nauseas ver a un inútil como tú haciendo esos patéticos intentos de abdominales, para eso es que ya no te alimentamos en las noches—, era lo que decían usualmente, cosa que era cierta pero no por eso menos doloroso, ya no le molestaba no comer en las noches, había aprendido a dormirse temprano para no sentir el hambre a altas horas de la noche, solo la sentía al despertarse y se iba con el desayuno, si le servían; subió las escaleras y allí estaba su hermano con el dichoso aparato en su habitación de nuevo, discutiendo con su madre y ella agarrando la consola lanzándola contra el suelo, la rompió en pedazos... todo esto pasó a cámara lenta en la mente de Juan... su consola... el dinero que invirtió en ella, su dinero... Juan explotó en ira causando que entre todos lo contuvieran y le dijeran demonio, ¡Vaya!, ni que fuera la primera vez que escuchaba esa palabra de ellos, habían llegado incluso al punto de atarlo a una silla y "exorcizarlo" con agua bendita en el pasado, solo que algo era diferente esta vez, el chico de verdad se sentía uno, un sentimiento de ansia se apoderó de él, quería ver sangre, quería sentirla, olerla, regocijarse de la alegría que le habían arrebatado por años encima de los cuerpos de quienes lo hicieron, con una fuerza proveniente de su odio se liberó de aquellos que apresaban sus extremidades y con sus manos, sus propias y bellas manos atravesó la carne de sus familiares en aquella habitación antes de un color blanco hueso la cual se tiñó de sangre, cerró sus ojos y acto seguido presenció una escena hermosa ante sus nuevos ojos color rojo carmesí, era un tipo de desierto agrietado con llamas provenientes de estas además habían piscinas de lava ardiente en las que las almas allí gritando de dolor nadaban como magníficos peces, sintió que conocía todo eso, lo había visto antes ¿pero dónde? de repente dos siluetas una femenina y la otra masculina se acercaron; abrió los ojos y ya no se encontraba en su hogar, estaba ahí mismo en el lugar de su visión pero no podía creerlo, alzó su cabeza y se fijó en los seres en frente suyo: Ojos tan rojos como la sangre en las manos del joven, el hombre vestía un traje elegante color negro y una corbata roja con rayas negras, la mujer un hermoso vestido blanco que hacia juegos con las perlas de su collar y el sombrero en su cabellera tan negra como el carbón.

Ambos observaron los cuerpos que yacían bajo las rodillas del chico, cortes irregulares en las casi irreconocibles caras de los difuntos, casi no se distinguía el género al que pertenecieron antes de morir, del cuello para abajo incluso parecían una masa de carne, inútil escoria a la que nadie extrañaría. Los dos seres alzaron su mirada, Juan se sobresaltó pero no tuvo miedo, todo le parecía muy familiar, demasiado, miró a la pareja y estos con una sonrisa en el rostro asintieron con la cabeza, ambos hablaron al unísono —Bienvenido a casa, hijo nuestro—.