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Compré los ojos más bellos de todo el mundo, sólo me costaron cuatro mil denarios. Al mirarlos, era como sí Dios dejara de ser lo más importante para mí. No pestañeaba con tal ver esos ojos, hasta que las lágrimas refrescaban mis ojos y la muchacha se limitaba a preguntar el porqué de mí extraño llanto.

—Lo siento, es sólo que…tienes unos ojos divinos y no puedo perder cada momento que los veo.

Un día deje a solas a la muchacha, ella se arrancó los ojos.

—¡¿Qué has hecho?!, ya no volveré a ver esos ojos.

—Ahora le pertenecen a alguien más importante.

En la noche una voz me dijo durante mi sueño.

—Ahora son míos, toma, ten tu misero dinero.

A la mañana siguiente la mujer ya no estaba, en su lugar había cuatro mil denarios.  

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