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“Me vuelvo más avaro, más ambicioso, aún más cruel y más inhumano, porque estuve entre los hombres.”
─Séneca, año 41.


Miras tras la ventana pensativo, bebiendo esa taza de café barato que siempre opinarás que es mejor que todo aquel desperdicio de cafeína que te da un estatus social. Es un día lluvioso, como comenzó a ser desde aquel extraño día, y el único sonido presente además de tus latidos y respiración es ese ruido blanco que provoca el agua que golpetea con odio el techo de aluminio de todas las casas.

Te preguntas por qué aún no hemos muerto. Las cosas ya no son como antes. Salir es un peligro, una pequeña gota de los incesantes chubascos es suficiente para que la toxina queme, penetre, pudra y cause una muerte lenta y dolorosa. Hay túneles por todas partes, nuestra única conexión con otros seres vivos, construidos a prisas sin pensar en ganadería o sembradíos, pues el diluvio tóxico había comenzado, transparentes por razones que nadie entiende, ¿a alguien le parecía divertido que el caos sea visible en todo momento?

Y ahí estás, metiéndole más veneno a tus pulmones, veneno en forma de humo que viaja, acaricia, golpetea y sale de tu sistema respiratorio. Tú y ese humo saben bien que da lo mismo. Morir es lo único que queda. La comida, el agua, el contacto social, lentamente todo ha dejado de existir. Sobrevivir carece de ser necesidad, pero a pesar de, no quieres morir. Temes, sueñas con ese momento, el momento en el que tu vida culmina y tomas un descanso. Quizá sea lo mejor, pero la vida de cada ser existente comenzó a ser un desperdicio después de que todo comenzó a suceder. Si dios era real, odiaría en lo que sus engendros se convirtieron. Era un castigo bien merecido.

Sientes ese pequeño hedor de fondo, ¿no? Hay algo más además de cafeína y tabaco. Es metálico, es raro, da cierto asco sentir eso bajar por tu nariz hasta tus pulmones, y tratas de ignorar que está ahí. Terminas tu café y apagas tu cigarrillo, y dando la media vuelta a lo más tranquilo que queda, tu propio hogar, observas lo que hiciste. ¿Qué podías hacer? Tenías hambre. Pero dijiste que te sentías solo. Alguien tomó el riesgo de darte un poco de esperanza, alguien vio por ti y quiso ayudarte; alguien fue tocado por una sola gota de aquello por hacerte un favor, y alguien estaba ahí, con el estómago abierto, sus entrañas lentamente comenzaban a teñirse negro y la sangre parecía espuma, sus globos oculares comenzaban a secarse como pasas y su olor metálico comenzaba a desaparecer, pero dejando un extraño aroma similar al de la mierda.

─Vaya desperdicio ─te dices a ti mismo con voz forzada y ronca, como si te costara respirar, como si estuvieras a punto de vomitar. Pues tu única oportunidad de comer se va rápidamente por un poco de agua que no entiendes─. Cortaré lo que sea rescatable para después.

¿Por qué hablas en voz alta? Te sientes como un estúpido, pero lo sentías igualmente necesario. Era como si esa mirada zombificada tirada a un lado tuyo te escuchara. Haces un gesto de agradecimiento incluso, y terminas de cortar lo que aún es color rojo de él.

Te detienes un momento, miras a la nada y comienzas a llorar. Recuerdas que hace pocos meses todo era genial, la nimia moral hacia el ser creativo e innovador había dejado de existir, no había límites, y todos estaban felices. Recuerdas con anhelo y con odio al mismo tiempo. Lo que fue perfecto fue su ruina, y mientras más querían, más perdían, y al final, terminaron viviendo como hámsteres esclavizados por túneles de plástico que dejaban ver cómo todo se derrumbaba lentamente mientras todos fingían que todo iba a bien.

Caes al suelo. Tu estómago gruñe horrible, casi hablaba agonizante. Miras aquel único trozo de carne fresco que posiblemente sea tu último bocado, estiras tu brazo con debilidad y lo tomas torpemente. Apenas puedes verlo, da asco, pero tu estómago insiste, y lo muerdes con odio. No, no soportaste ni un poco y escupiste, y ahí mismo en el suelo comenzaste a retorcerte mientras vomitabas, embarrando tu cuerpo de lo que salía de ti. Seguiste llorando hasta que tus ojos se rindieron y se cerraron. Un pequeño descanso al fin, ese descanso al que tanto temías.


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