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Alonso Parcelo miró en su buzón de correo como cada día y recogió dos sobres. El primero de ellos se refería a una oferta de publicidad y el segundo a la herencia de un pariente suyo. Extrañado por ser el único heredero de una persona que no conocía en absoluto, el hecho le resultaba cuanto menos sospechoso. Lo primero que le rondó por la cabeza fue que se tratara de un timo, así que se dispuso a consultar a las personas correspondientes para saber si dicho testamento era verídico y si dicho familiar era realmente pariente suyo. Se trataba del primo de un abuelo suyo, que se había desentendido de la familia, y que únicamente conocía la existencia de Alonso por antiguas referencias.

La herencia consistía en una casa ubicada en la localidad de Cantolgaz, a 232 kilómetros de Toledo, la ciudad en la que vivía Alonso, quien hizo los preparativos el viernes por la tarde para marchar en coche.

Una vez puesto en camino tuvo la impresión de que podría ser un viaje bastante monótono, pero pronto esa apreciación se tornó en todo lo contrario, pues el mal tiempo le hizo presa. Se desató una gran tormenta, obligándole a detenerse en varias ocasiones y retrasando el viaje. El mal tiempo no cambió. Sólo amainó ligeramente convertido en una cortina de finas gotas que entretenían al limpiaparabrisas.

Había pasado por un cartel que indicaba que se terminaba el pueblo por el que pasaba, pero no logró ver cómo se llamaba. Lo que sí hizo fue calcular la distancia que lo separaba hasta la siguiente localidad, que era Cantolgaz, a unos 25 kilómetros de distancia. La carretera estaba muy estropeada y añadiendo que eran las diez de la noche, había muy pocas luces a la vista. Hasta que no estuvo a unos dos kilómetros de la entrada del pueblo no comprendió por qué tanta oscuridad. No es que el pueblo estuviese abandonado, sino que se encontraba rodeado por una pequeña cordillera de montañas.

La más alta era la del este, desde donde se podía ver un ligero resplandor, acentuado por la fina llovizna. Una vez más cerca, lo que pareció en un principio una cordillera de colinas no era sino un escarpado terreno que, abundante de descomunales socavones, pudo haber sido en la antigüedad una defensa natural de gran ayuda en el caso de una invasión: solamente la entrada principal hubiera sido eficiente para penetrar en el pueblo, mientras que intentar acceder por los alrededores hubiera retrasado las tropas convirtiéndolas en blancos fáciles. Todavía se podían ver los restos amurallados rodeando el pueblo...

Ya casi entrando en Cantolgaz vio que en el centro del pueblo se elevaba una pequeña colina y que unos puntos negros contrastaban con otros brillantes. Eran casas. Volvió a llamar su atención, ahora más cerca, la diminuta luz que se alzaba en la colina del este. Parecía una casa, pero era demasiado grande. De pronto, un golpe sacudió el coche y un ruido seco conmovió a Alonso. Había chocado con algo en ese segundo de distracción. Pero ahora sólo podía sentir la humedad en su cara y todo se deshizo en una especie de sueño.

Capítulo 1

Félix repartía el correo todos los días en Cantolgaz. Madrugaba como el que más, tanto como los panaderos, pero aún así hacía su trabajo de buena gana, menos los días en que hacía mal tiempo. Esa mañana amaneció lloviendo y el humor del que disponía se lo reservaba para momentos mejores. Con su bicicleta (no se disponía de lujos en la oficina de correos) comenzó la ronda diaria de repartos. Planeó la ruta de manera eficiente aunque con reservas, (rara vez se sentía completamente seguro de hacer lo correcto), empezando por el norte del pueblo. La primera carta era para un anciano que vivía en una modesta casa cerca de la Cueva de los Pilares.

En esta cueva se refugiaba la gente en tiempos de guerra, y debió de ser por la resistencia a las bombas por la que le pusieron ese nombre. A través del barrizal que resultaba subir en bicicleta por un camino para animales, llegó hasta la casa del anciano. El sol no tenía ganas de salir y la edificación no era más que una sombra que le absorbía la alegría a Félix. Dejó el sobre en el buzón que había en la entrada de la casa. La fina llovizna le empapaba los mechones rubios y le obligaba en vano a secarse la cara con la manga de su chubasquero verde. Volvió a montar en la bicicleta y bajó camino abajo.

No podía ser una estrella que iluminaba el horizonte lo que veía, así que se enjugó la frente y volvió a mirar. Borrosamente observó el tenue resplandor que se divisaba en la ermita abandonada del pueblo. Sería alguien que no tendría más que hacer por la mañana. ¡Pero con aquel tiempo! No podía ser sino un chalado, qué duda podía caber.

—¡Vaya! Aquí estarías bien, haciendo lo mío –gritó Félix.

Bajando por el camino había visto algo que le obligó a maniobrar un giro brusco con la bicicleta, pero el camino estaba tan embarrado que patinó y cayó al suelo. Juraría que aquello no estaba allí cuando subió para dejar la carta. Pero no podía ser. El color gris oscuro del cielo, que acababa de madrugar pero no de despertar, se reflejaba en aquella pequeña estatua que parecía representar un pequeño perro. Pequeño, sí, pero tremendamente real. Parecía que hubieran metido al animal en escayola y se hubiese secado. Félix se acercó y lo observó un poco más, ayudado por la linterna de baterías que llevaba atada al manillar de su bicicleta. El agua patinaba por la superficie de la estatua y se deslizaba hasta el suelo, moldeando la suavidad de sus contornos, los detalles de su pelaje, la viveza de sus ojos...

Espantado por el realismo de la figura y la penumbra de la mañana, a Félix le pareció que la figura podría moverse en cualquier momento. Así que se volvió a montar en la bicicleta y se alejó con un solo pensamiento en la cabeza: no volver a pisar ese lugar en mil años.

Fue como despertarse de un dulce sueño en el que reina una absoluta serenidad para aparecer de nuevo en una realidad llena de sensaciones desagradables. Las sensaciones que le visitaron esta vez fueron un tremendo dolor en la frente y un ligero escozor en los ojos. Se llevó las manos a la cara y vio que se había abierto una brecha. Se sentía confuso y desorientado. Todavía no se acordaba que se había chocado contra algo mientras entraba en Cantolgaz. El coche había volcado y Alonso se encontraba boca abajo. Le costó gran trabajo salir, y cuando lo hizo vio contra qué había chocado. Increíble pero cierto. Cortando la mitad de la carretera había un pequeño muro natural de rocas, aunque daba la impresión que las hubieran plantado allí en medio.

Recobró la calma, y en medio de la oscuridad intentó llamar por teléfono móvil a las autoridades para que retirasen el coche de la carretera. A decir verdad, con el seguro pagaba también una grúa que le cubría por toda la península. Aunque iba a tardar en encontrar un lugar tan apartado. El móvil se le había roto con el golpe, así que le tiró al suelo, enfurecido.

A la vista de que no se podía quedar allí para siempre, se marchó andando hacia el interior de Cantolgaz por la carretera. Le llevó como un cuarto de hora llegar al núcleo de población. Dentro de unas horas se haría de día, pero se avecinaba lluvia, y el sol tardaría en salir. Entró en una farmacia de guardia y tras pedir unos analgésicos solicitó prestado un teléfono para llamar a la grúa y a la policía de tráfico. Los primeros se pasarían lo antes posible a recogerle el coche, pero los últimos no descolgaron el teléfono. Preguntó a la farmacéutica por la casa que había heredado y le dijeron que se encontraba casi al otro extremo del pueblo, junto al parque, y que no tenía pérdida porque era una casa muy particular en comparación con el resto. Le dio las gracias y se marchó con su medicina.

Debía de ser muy peculiar la casa, por cierto, ya que casi todas las de Cantolgaz eran diferentes, pero se podía percibir que las construidas en fechas próximas entre sí guardaban cierto parecido que las distinguía del resto. Así pues, podías encontrarte casas modernas (pocas, muy pocas) de colores chillones puestos de moda por mejor no saber quién y otras con, posiblemente, más de cien años; unas sencillas, otras señoriales, vestigios de las construcciones medievales... Y en efecto, la que ahora era suya contrastaba. “Imponía” es la palabra.

No cabía duda de que antaño perteneció a algún señor con gran poder. Las llaves las recibió con la carta de la herencia, así que entró sin problemas. Al principio parecía como si la puerta no quisiera abrir. En realidad no era muy pesada, aunque sí grande. El interior estaba poco amueblado y el polvo cubría todos los rincones. No había ni televisiones ni ningún otro instrumento electrónico excepto una radio destartalada. Sin embargo el primo de su abuelo debió de permanecer muy enfrascado en la lectura ya que disponía de una biblioteca exquisita, con una estantería de tres metros de largo por casi dos de alto, toda ella atiborrada de libros. La mayoría eran antiguos, con los lomos de piel auténtica y ninguno de bolsillo. Tal vez llegaron a pertenecer a los propietarios más antiguos de la vivienda, que no tenían modo más complaciente de distraer las horas de aburrimiento.

La casa tenía dos plantas más un sótano y un pequeño terreno que se aprovechaba como huerta. En él crecían ahora matorrales y hierbas altas. Las habitaciones estaban en la planta de arriba junto con un trastero. Abajo estaban la cocina, el salón y un baño en el que no habían instalado todas las comodidades de la era moderna. Su pariente no se había molestado en hacer más habitable la mansión. Qué intrigante parecía todo aquello. ¿Y por qué le había hecho heredero de aquella casa? Y qué poco conocía a aquel hombre. En realidad no le conocía en absoluto.

Se tomó la medicina con agua del grifo y se sentó en el sofá mugriento intentando serenarse un poco mientras oía cómo el agua golpeaba en las ramas de los árboles de la calle y en el tejado, hasta que se quedó dormido, pensando que quizá despertaría de un sueño.

A las doce y media del mediodía terminó Félix de repartir el correo. La fina lluvia que tanto le había molestado durante toda la mañana no había terminado de caer. Al llegar a casa llamó por teléfono a su novia Minerva. Tardó un poco en coger el teléfono.

—¿Qué haces? —dijo él.

—Ah, nada, estaba ordenando un poco mi cuarto; ¿cómo te ha ido el día?

Félix dio un largo suspiro.

—Imagínate cómo me gustan los días pasados por agua... –además le vino a la cabeza aquel suceso con la estatua del perro-. Y no veas, me pasa a mí lo que no le pasa a nadie. Me he tropezado con una estatua de perro bajando de la casa del viejo Martínez.

—¿La del viejo Martínez? Pues la ha tenido que poner hace muy poco, porque el jueves subí por allí y no había ninguna estatua. Por lo menos la de un perro —se quedó en silencio unos segundos—. ¿No te has dado cuenta de que hay también una estatua nueva en la plaza del Ayuntamiento? Bueno... También cerca del parque hay más estatuas. ¿Por qué les habrá dado ahora por tantos adornos? Como si no hubiera suficientes piedras aquí en Cantolgaz.

—Bueno, no sé. Va a ser que se han puesto de moda, pero te digo que me dio muy mal royo aquella cosa. Parecía...

—Demasiado real...

Era como si le hubiera leído el pensamiento, y le preguntó a Minerva:

—¿Viste anoche la ermita?

—No. ¿Y eso a qué viene?

Una pequeña pausa que parecía como si la línea se hubiera cortado.

—No por nada. Tonterías mías.

—Ahora me lo dices, tonto. ¿Por qué me lo preguntas?

Félix dudó un momento si contestar una mentira por lo estúpida que era su observación. Era obvio que no era más que una tontería.

—Nada, que esta mañana he visto luces en la ermita y se me ha hecho raro... Como tú las ves muy bien desde tu casa, a lo mejor te habías fijado.

—Que va —contestó Minerva—, anoche me fui pronto a la cama. Bueno, esta noche echaré un vistazo a ver qué veo.

—No será nada más que algún gracioso, imagino.

Hablaron de alguna cosa más, y antes de cortar con el teléfono, Félix le dijo a Minerva:

—¿Y qué hacías tu subiendo por donde el viejo Martínez?

—Dar una vuelta para mirar el paisaje. Bueno, y a ti ¿qué más te da?.

—Nada, ya lo sé.

Y colgaron después de reírse un poco.

Capítulo 2

Y en el mismo sitio donde se echó a dormir, Alonso se despertó. Tenía la espalda y el cuello medio destrozados por la mala postura. Se quedó un rato apagado hasta que poco a poco fue despejándose. Todavía era de noche y al mirar el reloj comprobó qué hora era: las siete. Iba a desayunar, pero se acordó que no estaba en su querida casa. Tenía que salir a hacer la compra y de paso, conocer un poco Cantolgaz.

Esta vez no llovía y había caído una buena helada. El aire era fresco y limpio; en comparación con la ciudad, respirar allí era dar una calada de vida. Por el este ya se veía un pequeño resplandor rojizo que luchaba por adueñarse del cielo.

Había poca gente a esa hora y aquellos que rondaban por la calle tenían cara de haber dormido muy poco, ya que se les notaba unas buenas ojeras y una tez muy pálida. Saludó a algunos, pero en vez de darle una respuesta amable, recibió una mirada ausente, vacía de expresión. , se decía Alonso.

Al pasar por el parque, cerca de su nueva casa, vio tres estatuas muy bonitas, con una expresividad y vivacidad que le sorprendieron. Dos eran de unos perros que miraban agresivamente a una tercera, que era un gato, y las tres parecían esconderse de la gente, arrimadas a unos arbustos.

Encontró una tienda en donde compró leche, azúcar, sal, unos filetes y patatas fritas. A la vuelta ya estaba clareando más el día y vio a varias estatuas más que le pareció no haber visto antes ni la noche anterior. Se lo achacó a su grado de despiste. Había pájaros de piedra en las aceras, en árboles; lagartos y lagartijas en los lugares más variopintos, incluso un halcón en un tejado. Todos ellos tremendamente hermosos. Tuvo que haber sido un laborioso trabajo hacer esas figuritas tan detalladas y diferentes, sobre todo colocarlas así de dispersas. Alonso pensó que debía de ser un lugar muy tranquilo, ya que en una ciudad no se le habría ocurrido a nadie dejar a esos pájaros posados al lado de las aceras. Más de un vándalo los hubiera usado como proyectiles contra las ventanas o contra las personas. En fin, un auténtico símbolo de confianza conciudadana.

En casa desayunó y procuró poner un poco de orden en la casa. Rebuscó en los cajones y tiró todo aquello que no servía para nada, como por ejemplo ropa anticuada. En la planta de arriba hizo lo mismo hasta que escuchó un ruido de algo destartalándose en la calle, acompañado por un grito de desesperación. Se asomó por una ventana y vio en la carretera a poca distancia a un chico que se había caído de su bicicleta y que salía corriendo en dirección a su casa como invadido por el miedo. Alonso bajó a la planta baja y abrió la puerta. Por ella entró Félix como si le faltase la respiración y cerró la puerta de un portazo. Estaba temblando, su respiración era muy rápida y profunda, con los músculos de su cuello tensos como cuerdas de un piano. Su cara estaba tan pálida que Alonso temía que se fuera a desmayar.

—Tranquilo hijo, ¿qué es lo que pasa? –dijo. Pero cuando quiso darse cuenta, el chico ya se había desmayado.

Alonso tardó treinta eternos segundos en reanimar a Félix. Había recuperado un poco el color y, después de darle un poco de leche caliente y taparle con una manta, (había padecido un sudor frío), se sentaron en el sofá y permanecieron un largo rato en silencio. Fue después cuando Alonso volvió a hacerle la misma pregunta de antes:

—¿Qué ha pasado, muchacho? Parecía como si te hubieras dado un susto de muerte.

El chico le miró muy seriamente. Agachó la cabeza y cerró los ojos.

—Ya es la segunda vez que me ha pasado. Pero esta vez ha sido peor. No ha sido mi imaginación –comenzó a temblar otra vez-. ¡Esas malditas estatuas!

Gritó tan fuerte que asustó de veras a Alonso.

—¿Te refieres a esas que están colocadas por todo el pueblo?

—Sí, esas. Ayer me tropecé con una nada más, pero es que hoy una se ha girado para mirarme.

A Alonso se le escapó una pequeña risa de desconcierto, pero Félix le miró enfadado.

—Están apareciendo estatuas y no se sabe quién las coloca. Son tan reales... Que asustan.

—Pero eso no quiere decir que se hayan movido.

—Sé muy bien lo que he visto, y ha sido justamente lo que he dicho. Vale que estuviera algo oscuro, pero me había bajado de la bicicleta para dejar una carta...

—Ah, eres el cartero —interrumpió Alonso.

—Sí. Félix el cartero.

—Yo me llamo Alonso.

—Vale. Pues eso, fui a dejar una carta y pasé al lado de un gato de piedra. Estaba mirando al frente, y cuando pasé junto a él, levantó un poco la cabeza hacia mí. Y eso no lo soñé, no...

Se quedaron en silencio. Alonso no podía pensar que el estado con el que se encontró al muchacho se debía únicamente a una alucinación.

—Chico, ¿tomas drogas?

Félix le miró severamente y se lo aclaró con un rotundo NO. En ese momento sonó el móvil de Félix. Llamaba su novia Minerva. Parecía tan nerviosa como lo había estado él hacía tan sólo un momento.

—¿Qué pasa, cielo? –preguntó.

—Me he pasado toda la noche observando la ermita. Tenías razón.

—¿Qué quieres decir?¿Lo de las luces?

—Sí, pero dudo que sean bromistas o gente que se aburre.

—¿Qué es lo que has visto, Minerva?

Alonso escuchaba la conversación sin entender nada de lo que estaban diciendo. No obstante, permaneció expectante.

-No era un reflejo del atardecer, aunque me lo pareció en un principio. No lo era porque el resplandor no cesó en toda la noche. Ese resplandor me dio miedo. No lo he visto nunca en la ermita. Y si ya llevan un par de días así es más que sospechoso. Pero ha pasado algo peor.

—¿A qué te refieres? Dime, mi cielo.

Le tembló la voz un instante pero prosiguió.

—Escuché un murmullo de gente pasar por debajo de mi ventana. Me asomé para ver qué pasaba. Esto sería a las tres de la madrugada ya, y entonces lo vi...

—¿Qué pasa, chico? –preguntó Alonso, que vio cómo la cara de Félix se quedaba de piedra.

—Sí, Félix, decenas de personas pasaban al lado de mi casa en dirección a la ermita. Y brillaban como si la luna sólo les iluminase a ellos. O al menos eso parecía. Me fijé un poco en sus caras, y parecían sonámbulos. Me aterrorizó. Después vi cómo había movimiento también allá arriba en la ermita. Y me escondí porque tenía miedo de que me vieran. Ahora me parece como una pesadilla, pero fue de verdad. ¡Te lo juro!

—Vale, tranquilízate, venga, nos vemos ahora mismo en el kiosko, ¿vale? –Félix había recuperado su entereza con la llamada de Minerva, ya que volcó todo su pensamiento en ella, y Alonso se percató de ello –Hasta ahora.

Apagó el teléfono y se sentó en el sillón. Respiró profundamente y Alonso le preguntó qué pasaba.

—Tiene que ver con la ermita. Ayer ya me pareció ver unas luces allí arriba, pero no le di importancia –Alonso asintió y le contó que también él lo vio cuando llegó al pueblo.

—¿Muros a la entrada del pueblo? En la entrada no hay ningún muro de piedra ni nada por el estilo.

—Pues díselo a mi coche y a mí –le enseñó las heridas en la cabeza y las magulladuras-. Había un muro cerrando media entrada.

—Esto se está volviendo cada vez más raro. Mi novia ha estado vigilándola anoche y ha visto a gente del pueblo subiendo hacia la ermita. Desde que he nacido no he visto que la gente pise mucho ese lugar. Aparte de estar algo lejos del pueblo nadie la ha tocado en ochocientos años lo menos, por lo que yo sé –hizo una pausa en la que cerró los ojos y se frotó las sienes con las manos-. Voy a ir a ver a mi novia.

Le confió a Alonso que por la mañana del día siguiente subiría a la ermita, al Monte Nogal, que así se llamaba, y averiguar qué era lo que estaba pasando.

—Chico, me temo que no vas a dejarme con la duda sobre lo que pasa. Esto me concierne de lleno y, si no te importa, tendré que acompañarte al Monte...

—Nogal.

—Eso. ¿Y ese nombre?

—A mí no me lo preguntes. A saber a quién se le ocurrió.

Se despidieron y no se volvieron a ver hasta el día siguiente.

Ya eran las once de la mañana del día siguiente cuando Félix y Alonso se reunieron en casa de este último. La mañana era fría y unos nubarrones se arremolinaban por el oeste, siendo desplazados por un suave viento. Los pájaros enmudecieron en lo que parecía ser un arcaico instinto de presentimiento ante una inquietud que no acababa de aparecer. Un silencio extenuante reinaba en Cantolgaz a esas horas.

—Demasiado silencio me alarma. Parece que sean las siete de la mañana, cuando todavía estaba repartiendo el correo.

—¿Has traído algo para defenderte? Por si acaso, más que nada.

—Después de lo de ayer como que no iba a venir desarmado. Una barra de hierro en la mochila. Espero que me sirva de algo.

—Yo tengo algunas escopetas en esta casa, la munición todavía no la he encontrado, pero dudo que haya que usar algo tan contundente en caso de emergencia.

Félix cogió aire, mientras miraba en dirección a la Cueva de los Pilares. Subirían por allí, bordeando el camino de la casa del anciano hasta llegar a la cueva. Esta miraba hacia el norte, mientras que la ermita estaba al oeste. Así por lo menos estarían resguardados de su mirada, y eso era suficiente consuelo para comenzar el camino. Alonso llevaba en su mochila bebida, una maza mediana y unos prismáticos. Tenía que tener en cuenta el peso, así que no cargó con nada más. Félix no llevaba nada más que su porra, pues no había pensado ningún plan en concreto. En la conversación que tuvo con su novia sobre lo que había visto hacía dos noches, sacó en conclusión que el camino principal al Monte Nogal era el preferido por las noches, mientras que el camino a la Cueva de los Pilares no era en absoluto transitado. Por las mañanas, Minerva no había observado movimiento alguno, por lo que estaban seguros de que nadie les estorbaría. Así pues, comenzaron la subida hacia la cueva.

En todo el camino avistaron nada extraño excepto cuando pasaron por el camino junto a la casa del anciano.

—Lo recuerdo perfectamente. Aquí había una estatua, la de un perro. Tengo que reconocer que me asusté una barbaridad a esas horas de la mañana y con tanta lluvia. Pero el perro tendría que estar aquí.

Y precisamente, las huellas que dejó en el barro cuando se cayó de la bicicleta todavía se podían ver. Además, por allí no pasaba apenas nadie, con lo cual cualquier huella o rastro dejado en aquel lugar tardaría en desaparecer, a menos que alguien las borrase intencionadamente.

Félix, ¿no será esto por casualidad la huella de tu estatua de perro?

En el suelo había un pequeño hoyo con lo que perecían ser las marcas de cuatro patas. Félix se puso de cuclillas para verlo mejor.

—Eso es, en este lugar debía de estar el otro día el perro. Pero ya no está.

Miró un poco más adelante y volviendo a llevar la vista desde el pequeño hoyuelo hasta unos metros más hacia adelante, llegó a apreciar algo. Volvió a repetir la misma operación y le dijo a Alonso:

Ojalá esté equivocado, pero la estatua ha salido andando.

Siguieron las huellas hasta unos arbustos, donde acabaron desapareciendo y no volvieron a encontrar rastro alguno.

Llegaron a la cueva y pararon un rato. No habían descansado mucho y el ascenso era cansino. Habrían recorrido unos dos kilómetros desde la casa de Alonso.

—Al fin hemos llegado. Será mejor que bebamos un poco de agua y echemos un vistazo desde aquí a la ermita.

—Podemos subir por un sendero que hay al otro lado; desde él llegaremos a lo alto de la cueva y podremos echar una buena mirada con los prismáticos que llevas –dijo Félix.

Finalmente divisaron la ermita y apreciaron que, a unos diez metros de la entrada de la ermita, en mitad del camino que sube desde el pueblo, había dos enormes bloques de piedra. Parecían tener una tallado especial, como si fueran estatuas, pero no se atrevían a confirmarlo por lo lejos que estaban y por lo borroso que se veía. El aire se estremecía al igual que en una tarde calurosa. Y sin embargo era muy temprano y todavía hacía fresco.

—Fíjate en esto —Alonso le pasó los prismáticos a Félix-. ¿Qué crees que puede ser?

—¿Más estatuas? No lo veo muy bien. Tienes los prismáticos sucios.

—Los prismáticos están bien.

Félix lo comprobó enfocando a otro sitio: no eran los prismáticos.

—Esto se pone feo Alonso. Venga, quiero saber qué esta pasando.

Por el camino de la cueva llegaron al cabo de una hora y cuarto y entraron en el Monte Nogal por el nordeste. Tuvieron que bordear la ermita entera y contemplar su tétrica imagen. Una construcción de unos ochocientos años, abandonada durante siglos y acompañada por el desgaste de los elementos; el tejado estaba desmoronado, las piedras colgaban porque la argamasa se había descompuesto, las hierbas crecían desordenadas por las paredes como si quisieran estrujarlas y devorarlas. Ninguna ave había hecho nidos en ella y sólo su visión repelía cualquier visita. Las ventanas y las puertas de la ermita habían sido selladas con plomo y entablilladas, pero estas habían sido arrancadas o se habían soltado por la podredumbre del paso del tiempo. Y a unos pocos metros por delante estaban las dos moles de piedra. Dos metros y medio de altura cada una y un color oscuro como la noche.

Parecían hechas de un mármol negro opaco que creaba una fuerza a su alrededor que alteraba su visión: ese efecto de espejismo que vieron desde lo alto de la Cueva de los Pilares. A su alrededor no crecía hierba alguna: todo era una tierra yerma. Los corazones de los dos hombres se estremecieron al ver algo tan insólito y aterrador. A cuatro metros de distancia de ellas sintieron el miedo que provoca un ser inmensamente más poderoso que cualquier cosa jamás imaginada. Qué era aquello no lo sabía ninguno de los dos, pero coincidieron en que parecían gárgolas como las de las catedrales, ya que tenían dos alas plegadas como las de los murciélagos y un cuerpo de reptil cubierto de pequeños cuernos.

—Larguémonos de aquí, vamos –dijo Félix.

Pero Alonso siguió unas pisadas en el suelo. Mucha gente había trotado por aquel monte porque el suelo estaba pisoteado y, sobre todo, en un rincón junto a la entrada de la ermita. En ese punto había una trampilla de madera malamente disimulada por algunas ramas allí colocadas. Se acercó y dio un par de patadas a la trampilla, que estaba cerrada con varios candados. Al darle las patadas, un horror inesperado invadió a Félix, quien le suplicó largarse de allí, y entonces creyeron ver cómo las gárgolas vibraban débilmente. Aterrados, no dudaron más en salir de allí y regresar al pueblo.

Capítulo 3

Como Alonso tuvo el fallo de no proporcionar el teléfono móvil al seguro no le pudieron avisar sobre su coche. Por eso no supo qué había ocurrido con él. Tardarían mucho tiempo en arreglarlo pero esto sólo quedó registrado en el contestador de su apartamento.

Félix estaba paseando por el parque con su novia Minerva cuando le contó lo de las dos gárgolas.

—Me aterra lo que vimos esta mañana. Allí arriba –hizo un esto con la cabeza señalando el Monte Nogal.

—¿Has subido? ¿Cómo no me has dicho nada?

Estaba enfadada por ello, pero a Félix no le importó. Aquello que estaba sucediendo era muy importante. Mucho más que un enfado.

—No he subido sólo. El heredero de la casa del antiguo bibliotecario me ha acompañado.

—No sabía que había venido un pariente del viejo Antón. ¿Y de qué le conoces?

—Eso da igual. Subimos esta mañana por el camino de la Cueva de los Pilares y llegamos hasta el monte. Allí nos encontramos algo de lo que me da miedo hablar.

Su tez palideció cuando miró a Minerva. Se sentaron en un banco y cogió a Minerva de la mano.

—Unas estatuas de tres metros hay allí, en mitad del camino. Lo más raro y feo que he visto nunca. No sé quién las habrá puesto allí, pero su gusto era muy malo. Parecían sacadas de una película de terror. Y parecían estar vivas.

—Pues desde aquí no se ven mucho, que digamos.

—Se ven, pero borrosas. Crean como un espejismo para que no se vean claramente.

—Félix, ¿qué estás diciendo? Pareces paranoico; no digas más cosas así. Me voy a asustar de verdad. Mira, estás sudando.

Sacó un pañuelo y se lo pasó. Félix se secó el sudor de la frente y tiró el pañuelo al suelo.

—En esto no te miento, de veras. Hay algo muy raro en todo esto. Parecían gárgolas del infierno. Y toda esa gente que viste subir por las noches... El suelo está muy pisoteado allí arriba. Ha habido mucho revuelo por allí. Lo que nunca. Además...

—Gárgolas del infierno... —pensó Minerva en voz alta—. Me suena de haberlo oído en algún sitio...

-Algún grupo de rock, igual...

-No, no... ¡Ya! Ya me acuerdo. Te cuento.

Y Minerva le contó cómo su padre, actual bibliotecario, descubrió el obsesivo interés del antiguo bibliotecario, el viejo Antón, por los libros de Historia antigua referente a Cantolgaz. Cuando murió y delegó su cargo al padre de Minerva, este descubrió que tenía almacenados unos libros de Historia antigua en los que había subrayado y anotado cosas. Minerva leyó alguno por encima y en un pasaje de uno de esos libros se hablaba de una época remota en la que se citan un gran terror y unas gárgolas del infierno que provocaron una guerra civil entre los vecinos de Cantolgaz. Se comentaba algo de un sello y varias fechas, de las cuales una estaba subrayada: el 30 de Abril.

—De eso hace tres semanas...

—La Noche de Walpurgis –dijo Félix.

—¿Qué es eso? –preguntó Minerva.

—¿No has leído Drácula? Bueno, aunque esa parte del libro no se incorporó. Sólo sale en recopilaciones de relatos. La Noche de Walpurgis es la noche en la que los espíritus y demonios salen al mundo y en el que los brujos hacen sus aquelarres.

—¿Entonces qué es lo que buscaba el viejo Antón? Su obsesión por esos libros no la creo motivada por un capricho.

—Y que encontrara esos pasajes en libros de Historia requiere muchas horas de investigación. Además, esas referencias a las gárgolas del infierno son más que llamativas. Parece como si se refiriesen a las que hay en Monte Nogal.

—Quiero pensar que no sea así. Pero no creo que se aleje mucho de la verdad lo que dices.

—Esperemos que sea todo lo contrario –y un escalofrío recorrió a Félix.

Siguieron paseando juntos por el parque y compraron helados, golosinas y unas pipas. Los momentos de pasión se los reservarían para la noche, pues había sido invitado por el padre de su novia para cenar. Consideró que sería mejor que fuera ella quien preguntase a su padre sobre esos libros.

Minerva se lo consultó cuando llegó a casa, pero misteriosamente desvió el tema de conversación para no abordarlo. Era evidente que no quería hablar sobre ello.

Por la noche cenaron los tres en casa de Minerva. Su mujer se había marchado con otro hombre y había dejado el pueblo de Cantolgaz porque allí no veía cumplidas sus expectativas, como ella dijo. De aquello hacía ya diez años, y eso fue un tremendo impacto para Minerva, que tuvo que recibir ayuda para superar el shock. Fue una chica muy valiente, porque lo superó rápidamente y ayudó a su padre tanto como él le ayudó a ella. A los dieciocho conoció a Félix, que vino con sus padres de un pueblo cercano porque aquí tenían familia.

Después de cenar vieron la televisión y después se fueron todos a la cama, aunque la pareja no durmió hasta más tarde.


Siguiente parte: Walpurgis: Parte 2


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