FANDOM


Camino a la tierra prometida. Parte uno: el reloj que nunca se detiene Editar

¿Cómo? ¿Cómo es que aquel anciano de barba de nieve pasó a tener una larga cabellera de oro y un rostro que parecía esculpido por los mismos ángeles? ¿Cómo pasó de montar un caballo de pelaje nocturno, ojos de cristal y patas de acero, a montar una máquina cuyo acero brillaba más que un ladrillo de oro recién lustrado? Y al mismo tiempo, ¿cómo pasó de montar acero inoxidable a sentarse sobre una silla, ahora con una cabellera color carbón y un traje del mismo color con un moño teñido de sangre?

Nadie sabe con exactitud cómo ha estado viviendo el señor Winston desde que al reloj se le ha imposibilitado la capacidad de detenerse. Pero de lo que todo aquel que supiera de su condición estaba seguro era que había empezado a viajar muy seguido desde que cumplió la mayoría de edad. Ningún conocedor del tema sabía por qué se encontraba siempre cargando con enormes y pesados sacos de tela negra. Y, por alguna extraña razón, aquellas bolsas de tela siempre desaparecían de las manos del señor Winston antes de que pudiera volver a su mansión en Londres.

La luna de plata rompía la oscuridad de la intemperie con su tenue brillo que se reflejaba en las aguas cristalinas de la fuente de piedra, al igual que las llamas sobre la leña rompían a medias la oscuridad del enorme lienzo pintado de negro, que era cada noche la sala del señor Winston.

Ahí estaba, sentado en su silla de madera, clavando constantemente su mirada en cualquier objeto cercano. Desde las alfombras de fuego que protegían el piso, hasta las más lujosas estatuas que parecían mirar fijamente el rostro del señor Winston. Todos los artículos que se hacían presentes en aquella sala tenían un aspecto decadente y tétrico a la vez. 

Mientras que el señor Winston disfrutaba moviendo aquella copa de vidrio que sostenía un espeso vino rojo, una enorme y pesada bolsa de tela negra se encontraba reposando justo al lado de su silla de roble. La bolsa era idéntica a aquellas con las que siempre cargaba durante sus largos viajes hacia los lugares más exóticos que cualquier persona pudiera imaginar. Pero en aquella  situación, a diferencia de estar entre los gigantescos árboles del Amazona o entre las aterradoras criaturas del desierto del Sahara, aquella bolsa de tela negra se encontraba encerrada en la semioscuridad de la sala del señor Winston, bastante extensa, pero, a comparación de la pequeñez que te hacía sentir estar parado en la cima del Everest, la sala del señor Winston incluso parecía carente de aire para respirar.

La mirada del señor Winston no paraba de saltar de un lugar a otro. Desde una tétrica muñeca de porcelana con un vestido color océano hasta las inquietantes miradas de los animales disecados; los elementos decorativos de la sala del señor Winston le parecían a este más atractivos que nunca. Este se daba cuenta de la poca atención que le dio a estos objetos durante todos estos años; después de todo, aquella mansión no había sido decorada por él.

El sonido de los desesperados movimientos de pie del señor Winston eran lo único que hacía eco entre las paredes de sangre y girasoles que protegía los elementos internos de la mansión de las invernales calles de Londres. Colgado en aquellas paredes, se encontraba quizás el único recuerdo existente del padre del señor Winston que le quedaba. Un dibujo enmarcado era el único objeto colgado en la pared. Los suaves trazos de la madre del señor Winston contrastaban con el sucio tono amarillento del pergamino en el que se dibujaron.

Inmediatamente después de haber observado detenidamente la imagen, la piel del señor Winston se volvió la fría nieve que cubría la cima del Everest. Su estómago en ese momento era como una olla de sopa que se movía constantemente por culpa de un largo cucharón de madera. Su piel empezó a tener millones de grumos de un segundo a otro. Sus ojos se movían más rápido que nunca, mientras que, dentro de su cabeza, recordaba con amargura aquella noche de noviembre.

La infancia del señor Winston fue tan normal como la de cualquier niño americano de la época. El pequeño vivía alegre en la granja de sus padres que se encontraba entre los extensos cultivos de maíz y cebada de los campos de Kansas. Todas las mañanas la radiante luz del sol cubría casi por completo el extenso ganado que la familia Winston poseía. Aquella deslumbrante iluminación hacía que la pintura de fuego de la pequeña casa de la familia Winston se hiciera más brillante de lo que ya era. Los cantos de los gallos servían como alarma para que todos los animales de la granja y también la familia Winston se levantaran y empezaran con su rutina diaria.

Dentro de la modesta casa de la familia Winston no se encontraban muchos objetos de valor. Los únicos objetos con un gran valor monetario dentro de aquella casa eran las tazas de cerámica artesanales que llenaban las estanterías de madera de la casa de los Winston. En el interior de la diminuta casa de los Winston habitaban los padres del señor Winston, el señor Winston como un infante rubio y lleno de pecas, y su hermana mayor, la cual tenía casi el doble de edad que el señor Winston.

Los miembros de la familia Winston eran tan parecidos físicamente que casi eran confundidos con clones de un ser en común. Todos en la familia de granjeros de cansas tenían un abundante cabello de oro, incluso los hombres de la familia. Todos poseían unos enormes ojos tan azules que casi parecía que tuvieran el océano dentro de sus ojos. Sus mejillas siempre se encontraban abarrotadas de pecas y sus sonrisas cubrían sus caras casi totalmente.

La relación del señor Winston con su hermana siempre fue perfecta. Algunas veces tenían peleas como casi todos los hermanos, pero casi siempre había un ambiente de juegos y diversión entre los dos infantes. Jugaban a las escondidas dentro del frondoso bosque que se encontraba al lado de la granja de la familia Winston. Se revolcaban juntos en el pasto de un valle que se encontraba cerca de su escuela. Se escapaban de esta para poder disfrutar del olor de las flores silvestres y de la frescura del agua de la cascada. Cuando el pequeño Winston se lastimaba mientras jugaba, su hermana siempre se encontraba ahí, dispuesta a desvelarse una noche entera para ver a su hermano en cama.

Pero mientras que la relación del señor Winston con su hermana era algo que hasta aquellos que no los conocían se detenían a apreciar, su relación con su padre causaba incomodidad ante todo aquel que se encontrara de testigo de algún encuentro entre estos dos elementos. El padre del señor Winston era un señor con una voz tan grave que las paredes retumbaban cada vez que hablaba. Era un hombre de postura firme, nunca tartamudeaba al decir una frase y tampoco dudaba al hacer una orden. Sus ojos de fuego infringían miedo a cualquier persona a la que se los clavase. El ritmo cardíaco del pequeño Winston se aceleraba como un tren cuando aquella mirada fría y sin sentimientos le atravesaba el alma.

El pequeño Winston y su padre eran muy distantes. A excepción de algunas órdenes del padre al hijo, ninguno de los dos se dirigía la palabra a menos de que fuera algo totalmente necesario. Ni la madre ni la hermana ni el mismo señor Winston se atrevían a emitir el más mínimo sonido ante la imponente presencia del padre.

Lo único a lo que la madre del señor Winston se dedicaba era a crear retratos de las personas que le pagaban una buena cantidad de dinero para hacerlo. Ella era una diosa del trazo. Sus delicadas manos se movían con la gracia de un ángel que surca los cielos. Sus ojos se encendían cual vela durante la noche cuando empezaba a crear un nuevo mundo dentro de su pergamino y su lápiz bailaba el vals de la imagen sobre una pista solitaria apoyada en la sucia pared de su hogar.

El sol siempre se levantaba todas las mañanas para iluminar los hilos dorados de los miembros de la familia Winston, pero aquella mañana el sol emitía menos calor que en cualquier otra ocasión. El viento lograba petrificar con su frialdad a cualquier persona que tuviera un contacto prolongado con este, las copas de los árboles empezaron a moverse más de lo habitual y el cielo se pintaba de un gris apagado que no dejaba a la imaginación lo que estaba a punto de ocurrir.

Pero mientras el señor Winston esperaba un diluvio como aquel que surcó Noé sobre su arca, lo que en realidad recibió fue la vista lejana de un hombre que se aproximaba a paso calmado, cruzando la pradera y el establo de la extensa granja de Kansas. El traje que el elegante señor llevaba puesto era uno tan negro como el hueco donde debía estar su alma y su complexión era tan delgada que casi parecía que no hubiera comido en siglos. Mientras el caballero realizaba su larga marcha con una serenidad extraordinaria, los demás miembros de la familia Winston se acercaron para poder observar con detenimiento la silueta que se encontraba casi inmóvil en frente de su morada.

Los miembros de la familia Winston quedaron estupefactos al ver el amplio sombrero de copa negra que ocultaba el rostro de aquella persona cuya blancura de piel se equiparaba al pelaje de los salvajes osos polares que se encontraban devorando a sus presas. Tras un largo rato observando aquel cuerpo de complexión delgada, el pequeño Winston pasó a observar los ojos de cielo de su padre. 

Almas gritando dentro de una prisión esférica, retorciéndose de dolor y cayendo en forma líquida cual catarata que desemboca en un río. Por primera vez el pequeño Winston había visto algo dentro de los ojos de su padre que no había notado nunca: la agonía de un millón de almas, la desesperación de un espíritu. Por primera vez en su vida, el pequeño Winston vio miedo en los ojos de su padre.

-Buenas tardes señor -dijo el caballero con un tono de voz formal pero al mismo tiempo imponente.

-¿Qué se le ofrece, caballero? -continuó el señor Winston con una voz temblorosa.

-Usted sabe perfectamente qué es lo que deseo, señor Winston. Ya no puede aplazar esto por más tiempo, tiene que entregármelo ahora -contestó el hombre pálido con un tono tan calmado como su paso.

Durante un pequeño lapso de tiempo, un silencio casi total inundó por completo el lugar donde se efectuaba la negociación entre el señor Winston y el señor cuyo cuerpo era cubierto por una galaxia sin estrellas en forma de tela. Solo se detectaba furioso rugido de los vientos y la súbita caída de algunas ramas por la potencia de los pulmones de la madre naturaleza. La mirada del caballero se encontraba tan fija en los ojos del señor Winston que se podía decir que sus ojos eran penetrados hasta el punto de ser atravesados.

Finalmente, aquel denso ambiente inundado por un silencio incómodo fue destruido, cual plato de porcelana al caer al suelo, por las simples palabras que la fría voz del hombre pálido  articuló:

-Resolvamos este asunto sin que ningún individuo no implicado resulte herido, o tendré que recurrir a tus familiares para que por fin pagues tu deuda.

El señor Winston producía cada vez más sudor. Sus manos temblaban tanto que parecían impulsadas por el enorme motor de un avión de carga. Sus dientes chocaban constantemente entre sí produciendo un ligero pero constante sonido que, gracias al silencio del ambiente, el hombre de complexión delgada detectaba perfectamente. 

Y en un acto de auto preservación, o de completo egoísmo, dependiendo del lente con el que se observe, el señor Winston miró fijamente al hombre y exclamó sin tartamudear:

-Escoja a uno de mis hijos para que este pague mi deuda. La muchacha es bastante guapa y joven, puede cumplir sus caprichos más lujuriosos, pero el chico también es un elemento que le puede ser de utilidad para realizar trabajos que requieran escabullirse en lugares pequeños.

Los niños Winston miraron con ojos llorosos a su padre, el cual seguía temblando ante la imponente presencia del señor de aliento congelado. Si el señor Winston temblaba al ver el tétrico semblante del caballero de mirada profunda, los niños lo superaban por casi una galaxia en este sentido. Ellos empezaron a suplicarle a gritos a su padre que no dejara que él los apartara de este y de su madre, se formaban extensos ríos de lágrimas debajo de sus ojos. Sus expresiones cambiaron casi de inmediato de una desesperación casi incontrolable a una confusión inexplicable al escuchar la respuesta inmediata del hombre.

-Tus hijos no me pagarán, por lo menos no de esa forma. Tú, tarde o temprano, tendrás que darme lo que quiero y tu hijo presenciará el acto, pero también presenciará cómo su esposa, sus hijos y sus nietos me paguen a mí. Pero no aquí, no ahora, esperaré pacientemente a que su corazón se llene de alegría y, cuando menos se lo espere, aquella felicidad efímera desaparecerá de su vida como el vapor desaparece de la tierra. Esperaré el momento en el que el dolor sea más fuerte que nunca. Marca mis palabras en tu cabeza, pequeño.

El hombre realizó una pausa para tomar aire y rugir sus palabras como un grito de guerra:

-¡PREFERIRÁS SER MI ESCLAVO A PASAR UN DÍA MÁS EN ESTE LUGAR!

Repentinamente, un enorme rayo cayó sobre el señor de piel pálida haciendo que este desapareciera por completo de la vista de la familia Winston. Pero, en cuanto aquel relámpago tocó el zacate del patio de la familia, el panorama se obscureció repentinamente hasta que lo único que inundaba el ambiente era una fría oscuridad. Y, antes de que el señor Winston pudiera pensarlo, se encontraba él mismo con la cara contra la alfombra de su enorme mansión de Londres, recostado en la extensa alfombra color escarlata que cubría parcialmente su sala.

Entonces, al recobrar completamente la conciencia, se dio cuenta de que, debido al extremo cansancio que sufrió durante el viaje, se quedó dormido sin percibir que había estado cayendo poco a poco de su asiento.

El señor Winston se tomó un momento para observar a su alrededor. Las brasas seguían ardiendo tan tenues como siempre, el vino que sostenía en su copa se encontraba desparramado por todo el suelo como si de una escena del crimen se tratase y la bolsa de color carbón seguía justo al lado de la vieja silla del señor Winston. El viento seguía rugiendo en las extensas calles de Londres. Las damas y los caballeros seguían transitando tranquilamente a medianoche.

Inmediatamente, de su extensa puerta de roble emanó un rumor de timbre que encendió aún más los sentidos del señor Winston. El viento seguía rugiendo a toda potencia y su sonido se mezclaba horriblemente con el constante ruido del timbre.

El señor Winston se acercó lentamente a la entrada de su hogar, sospechando ya quién era la persona detrás de aquella pieza de madera. Su corazón empezó a moverse cual automóvil de carreras, sus ojos volvieron a girar y a clavarse en varios lugares de su hogar, con una alergia constante a mirar fijamente la puerta.

Finalmente, el señor Winston sostuvo el picaporte por un largo rato antes de tomar el suficiente valor para girarlo y afrontar lo que se encontraba a las afueras de su cálido hogar en Londres. Él reconoció inmediatamente aquel pálido y delgado cuerpo cubierto por una pieza de tela del color de una galaxia sin estrellas.

-Buenas tardes, caballero -saludó cortésmente el hombre sin alma.

-Hola -respondió cortante el señor Winston.

-¿Tienes lo que te pedí?

El hombre de carne y hueso entró de nuevo a su morada para poder extraer rápidamente la bolsa de tela negra. Aquella bolsa que había resguardado celosamente desde que arribó al puerto de Londres hasta su repentino despertar en la mansión.

El señor Jhon Winston regresó velozmente a su posición original para poder encarar a la muerte y que esta evaluara con detenimiento el contenido de la bolsa.

La figura de manos frías tomó la bolsa cuidadosamente, la abrió y se pasó un largo rato examinando su contenido. Eventualmente hacía algunas observaciones acerca de la calidad del material, pero, al bajar la bolsa, simplemente se refirió a esta como algo que pudo haber sido mejor, pero era suficiente como para llegar a ser aceptable.

El señor Winston se relajó completamente al oír estas palabras y, ya sin cobardía para hablar ante la muerte, le exigió:

-Cumplí mi parte del trato, ahora es tu turno de cumplir la tuya.

Y, sin divagar ni reclamarle nada, el hombre huesudo le extendió su mano al señor Winston para que juntos pudieran dirigirse a la tierra prometida.