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La única razón por la cual Víctor y yo nos hicimos amigos fue porque coincidíamos en gustos musicales. Él había ingresado como operador de producción en la planta maquiladora donde yo hacía mis prácticas profesionales durante el tercer turno. Entre mis responsabilidades estaba cronometrar las operaciones para mejorar los estándares de producción, y como él sabía operar bien todas las máquinas de la planta, regularmente le hacía mis tomas de tiempo.

Antes de conocerlo formalmente, ya sabía que varias de las mujeres más bellas de la empresa estaban interesadas en él, que nadie sabía donde vivía y que, por lo general, trabajaba todo el día.

A decir verdad, había muchas similitudes entre nosotros. Por ejemplo, vestíamos casi igual: preferíamos los tonos muertos en la ropa, aunque yo evitaba presentarme vestido todo de negro al trabajo (mis pantalones regularmente eran de mesclilla azul) y nunca me ponía chamarras de piel, cosas que él adoraba. Medíamos casi lo mismo y nuestro cabello crecía de la misma enmarañada manera, aunque su cabello era rubio y el mío era negro. Nunca he sido envidioso ni me gusta compararme con nadie, pero no entendía por qué, pese a nuestro parecido, él era tan codiciado por las mujeres cuando a mí me había tomado más de tres semanas conseguir que mi ex, Regina (también empleada de esta planta), aceptara salir conmigo.

A mí me parecía que era un tipo bastante sombrio, pero no tenía ningún problema con él. Era educado y accesible en las únicas ocasiones en las que lo llegué a tratar.

Un día, se apareció en mi oficina mientras yo introducía las tomas en un documento excel. Había ido al taller, cuando fue atraído por un track de Mudvayne que estaba escuchando mientras trabajaba (siempre trabajo con música). Se proclamó fan de esa banda y se sorprendió cuando le dije que yo no era gótico, sino que me gustaba el rock en todas sus variedades. Discutimos un rato; descubrimos que teníamos varias bandas en común, como Trivium, Underoath, Staind, Van Halen, Underoath y As I Lay Dying. Aunque también tenía otros gustos más sofísticados como la música sinfónica.

Le recomendé algunos bares donde podía escuchar muy buena música en vivo, y él me propuso que saliéramos una noche, a lo que yo accedí; no tenía inconveniente con compartir unas cuantas cervezas con el tipo más popular de la empresa.

Así que acordamos encontrarnos unos días después en un bar en la avenida Gómez Morín. Tomé las llaves de mi auto y fui hasta ese lugar, donde lo encontré ya rodeado por unas jóvenes rockeras en la barra del pequeño local. Como era día de paga, yo invité la bebida; pedimos una mesa para todos, bebimos, charlamos, nos diverminos; él tenía una labia impresionante, tenía a las chicas hipnotizadas con sus palabras, de una profundidad y una cultura nada propia de este siglo. Yo tuve química con una de ellas, llamada Claudia, y basta decir que esa noche me fue muy bien; él salió del bar con dos chicas.

Desde entonces comenzamos a visitar esos bares juntos. Era bueno estar con él, era un imán de mujeres e invariablemente salíamos acompañados. Fue fácil dejarme envolver por ese estilo de vida. No me divertía tanto desde hacía bastante tiempo.

Una noche particularmente tranquila, mientras bebíamos, me confesó que se sentía "entuciasmado por encontrar a alguien como él", por ya no estar solo, lo cual me extrañó, pues alguien con su talento nunca puede estar solo. Le dije que me estaba tomando el pelo, pero él insistió en decir cosas extrañas, como que estaba pensando en iniciar un clan propio y quería que yo fuera su mano derecha, que podíamos controlar toda la región. Yo le dije que honestamente no sabía de qué estaba hablando. Él hizo una mueca, me dijo: "por favor!" Miró en ambas direcciones, como para ver que nadie estuviera viendo, y se bajó el cuello de la chamarra para dejarme ver dos marcas rojas en su yugular. Me dijo que lo era hace cuarenta años.

Lo ridículo del asunto me dejó mudo de la sorpresa, pero poco a poco se me fueron abrinedo los ojos. Un chico apuesto, atractivo a las mujeres, trabajador de noche, con actitud nada propia de este siglo; ¿qué más podía ser? Me quedé inmóvil del impacto.

Dijo algunas cosas más, que no tenía que sentirme avergonzado de que se hubiera dado cuenta; que sabía que los vampiros no deben revelar su identidad entre ellos, pero que había sido bastante obvio. Me dijo custo lo que yo había pensado de él. Que yo tambnién era atractivo, que trabajaba de noche, mi opaca manera de vestir..., que todo eso me delataba. Me guiño un ojo con complicidad. Él creía que yo también era un vampiro.

Comenzó a hacerme preguntas, como qué hacía con mis víctimas, dónde escondía los cuerpos, dónde pasaba los días, las noches. Inadvertidamente adopté una postura sombría y comencé a inventar cosas de las que yo creía que hacían los vampiros. Inventé un pasatiempos, inventé una preferencia de víctimas, un lugar donde pasaba la noche. Tuve que improvisar una mentira acerca de las chicas con las que había salido del bar, a las que él creía que yo había matado; le dije que yo era un caballero y que sólo podía decir que se habían divertido. El caso es que comprendí que tenía que hacerle creer que ocultaba mi identidad de vampiro, y que eso sería lo único que me salvaría de que me matara para protejer su secreto.

Los días siguientes, apenas pude trabajar por la tensión. Me di cuenta de muchas cosas de las que no me había percatado antes, como por ejemplo, las fotos de desaparecidas que había fuera de la empresa, en los que había chicas que recordaba de este trabajo y que no se habían vuelto a presentar. Me di cuenta de que nunca comía durante la hora del almuerzo. Que sus ojos no eran cafés, como los míos, sino de un tono rojizo. Incluso escuché que una vez tres tipos habían tratado de darle una lección después de una jornada laboral. Él los hizo sangrar a todos sin esfuerzo.

Ya en sus cinco sentidos, siguió insistiéndome que formáramos un clan, que fuesemos a otra ciudad a buscar más miembros. Yo, para despistar, le dije que necesitaba juntar dinero y prepararme, pero él me dijo que no era problema. No me quedó más que aceptar, pensando en escapar lejos en cuanto me fuera posible. Me dijo que esa noche pasaría por mí para ir a festejar a un bar, y yo no pude (o no supe cómo) decirle que no.

Fuimos al primer bar que visitamos juntos y él, como era de costumbre, atrajo a cuatro chicas (de las cuales tres serían para él y una para mí) para pasar el rato. Yo me sentía tenso, espantado de que cualquier cosa me pudiera delatar. Me sentía como un prisionero de mi propia mentira. Casi hasta le pido permiso para ir al baño, sino que me contuve y más bien le avisé. Fui a lavarme la cara y a tratar de reunir valentía para volver a su lado, y cuando estuve listo volví a salir. Lo vi ahí junto a las chicas, pero su atención estaba en otro lado. Le seguí la mirada para descubrir que estaba observando a la primera chica rockera con la que yo salí la primera noche, la que se supone que yo había matado.

Me escabullí entre la gente y salí a toda prisa de ese bar. Fui a mi auto y salí del estacionamiento. Al ir dando la vuelta por la esquina, lo vi parado fuera del bar, mirando mi auto, sereno pero perversamente amenazador.

Así que ese fue el fin de mi vida como la conocía. Ni siquiera volví a mi casa, pues temía que él me alcanzara (o que ya me estuviera esperando); me fui de la ciudad sin dinero, sin equipaje, sin nada más que mi auto y lo que había en él. Utilicé todo el dinero que había en mi tarjeta para comprar gasolina, y cuando me lo terminé, vendí mi auto en el pueblo más cercano para poder pagar pasajes de autobús. Llegué hasta un pequeño pueblo en Oaxaca, cuyo nombre no diré por mi seguridad. Lo había vendido todo: mi celular, mi reloj, mi reproductor de mp3; ya no tenía nada en mi poder excepto mi ropa. Viví ocultándome por tres semanas, luego de las que me sentí bastante seguro como para comensar a trabajar para los pobladores a cambio de comida y techo. Logré establecerme y vivir para contarlo.

Unas semanas después, tuve la confianza suficiente como para ir a la ciudad, rentar una computadora en un café local y abrir mi mensajería electrónica. Tenía un mensaje de trabajo, un mensaje de mi familia, varios mensajes de mis amigos..., me había ido sin avisarle a nadie: era lógico que todos se espantaran. Pensé en escribirles para decirles mi ubicación, cuando encontré este mensaje de un usuario no registrado enviado dos días atrás, el 10 de diciembre del 2011:

"Que desconsiderado de tu parte fue irte sin despedirte! Lamento que hayas pensado que yo sería capaz de hacerte algo, después de todo lo que pasamos juntos. Es triste, ¿sabes? De verdad me había comenzado a sentir agradecido de que hubiera alguien más como yo, que compartiéramos tanto en común. Supongo que es el precio que hay que pagar por una vida que no termina. Hubiera estado dispuesto a hacerte como yo, si me lo hubieras pedido.

"En fin, sé que hay más como yo allá afuera, y tú también deberías saberlo. Así que te recomiendo que tengas más cuidado la próxima vez con tu modo de ser, pues nunca sabes cuando alguien te creerá algo que no eres. No me queda más que despedirme, decirte que fue un placer conocerte y desearte suerte en la vida; la vas a necesitar."

Adjunto al mensaje, había un link a una página de noticieros locales de CD. Juárez. Dudé antes de abrirlo, pero finalmente lo hice y lo que había ahí casi hace que me cague: era una serie de informes acerca de una fosa clandestina en la zona del Valle de Juárez, en la que se encontraron cerca de quince cadáveres de jóvenes desaparecidas en el último año. Las autoridades afirmaron que una llamada anónima los había llevado a tan siniestro hallazgo, y que ya se habían identificado al responsable. En un apartado del artículo, difundían las imágenes de mi rostro y el de Víctor, captadas por unas videocámaras de varios establecimientos mientras dejábamos los bares acompañados por almenos siete de las chicas halladas en esa fosa. El artículo del noticiero me marcaba como el principal sospechoso e instaba a la comunidad que dieran informes para poder dar con nosotros... más bien conmigo. Jamás podrían dar con Víctor. Él debe de saber esconderse muy bien, o no habría vivido tanto tiempo. Seguramente, había ido a asesinar a las chicas con las que yo había pasado la noche para ponerlas en esa fosa (y había agregado algunas de las que él había matado para agravar mi situación). No tenía que hacer nada más que irse a dormir mientras que el mundo me consumía y se olvidaba de su rostro y su nombre, pues una vida de espera es nada para un inmortal.

Carré mi cuenta y me fui del local, luego de la ciudad y finalmente del pueblito donde pensaba instalarme. Ya no podría vivir tranquilo nunca más. No dejaba de pensar en las consecuencias de haberme asustado y haber huído; si hubiera aceptado lo que me tocaba y lo hubiera encarado, hubiera salvado vidas inocentes y hubiera evitado que mancharan mi nombre. Ahora, todo el mundo me creía un homicida y había una recompenza por mi captura.

Por eso, utilizo este medio para declararme inocente y confesar mi historia. Pocos la creerán, sé que así será. Pero ya no sé ni qué hacer. Supongo que extraño mi hogar, a mi familia, pero no puedo volver a verlos hasta poder convencer a todos de que yo no hice eso de lo que se me acusa, y que todo fue obra de un vampiro llamado Víctor. Yo no soy un asesino; no les hice nada a las chicas con las que salí de esos bares. A algunas las acompañé al transporte público; a otras las dejé en su casa, pero no recuerdo sus nombres o sus direcciones exactas. No tengo una manera precisa de demostrar mi inocencia, sólo sé que no quiero que se me recuerde como un depravado homicida, y que todas las posibilidades están en mi contra si decido ir con la justicia.

Ahora no soy más que un vago sin hogar ni trabajo y con demasiado miedo para volver a mi hogar, pues ya no puedo dejar de sentir que todos me observan. Temo a los policías, temo a la sociedad..., temo a los vampiros; que en cualquier momento, cualquiera de los tres termine encontrándome.

Vivo solo, esperando un milagro que se ve más distante cada vez. Y sé que debería sentirme feliz, pues aunque soy un marginado y un prófugo, no soy un vampiro ni un cadáver, y eso ya es ganancia. Sólo espero que el mundo gire y toda esta locura termine. Si me encuentran y me declaran un homicida, él habrá ganado. Pero si alguien recuerda esto y cree en lo que he escrito, entonces no lo consideraré un fracaso. Espero que el mundo sea más bueno contigo de lo que ha sido conmigo. 

^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^Sigue en Yo no quiero ser vampiro (Alondra)^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^

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